ROSALÍA se eleva hacia lo divino con ‘Lux’, un viaje místico y orquestal que desafía las reglas del pop

FERNANDO J. LUMBRERAS

Nadie lo vio venir. Ni su giro de motomami desafiante a monja iluminada, ni la irrupción de la Orquesta Sinfónica de Londres en un álbum que ya se escucha como una liturgia moderna. Con ‘Lux’, su cuarto disco de estudio, ROSALÍA (Barcelona, 33 años) firma la obra más audaz, espiritual y radical de su carrera. Un trabajo que desarma toda expectativa, que quiebra los moldes del éxito y que la sitúa, una vez más, en ese territorio inexplorado donde solo habitan los genios.

La artista catalana parece no conocer el descanso ni el miedo a reinventarse. De los ecos del flamenco puro en Los ángeles al amor tóxico de El Mal Querer, del vértigo urbano y caribeño de Motomami a este salto de fe titulado Lux, su discografía traza una metamorfosis constante. Tres años de trabajo han desembocado en un disco que desafía el concepto mismo de comercialidad: sin estribillos, sin ritmos memorizables, sin concesiones. Una misa profana que solo puede entenderse escuchándola entera, con el móvil en modo avión y el alma abierta.

En este universo sonoro monumental, la voz de ROSALÍA alcanza nuevas dimensiones: se pliega al canto lírico, se quiebra en giros flamencos, se filtra en ecos trap o se expande hasta rozar lo celestial. Su rango vocal se vuelve un instrumento de múltiples rostros, tan humano como divino. La producción orquestal, construida sobre los violines majestuosos de la Sinfónica de Londres, sostiene un relato que se divide en cuatro actos, cada uno con su propio pulso espiritual y estético.

El disco se abre con Sexo, violencia y llantas, un poema de carne y fe donde se pregunta “quién pudiera vivir entre los dos / primero amar el mundo y luego amar a Dios”, y culmina con Magnolias, donde ROSALÍA danza con la muerte y se funde con lo sagrado: “bailamos con amor encima de mi cadáver”. Entre ambas, una procesión de sonidos que viaja de lo operístico a lo electrónico, de lo sacro a lo terrenal. De madrugá y La rumba del perdón brillan especialmente, gracias a las colaboraciones de Estrella Morente y Silvia Pérez Cruz, que suman hondura flamenca al conjunto.

No faltan los guiños a sus referentes: Björk, Kate Bush y Enrique Morente sobrevuelan la obra como santos tutelares de una artista que ya ha alcanzado su propio altar. La presencia de Björk en Berghain —uno de los temas más hipnóticos— refuerza esa conexión entre lo vanguardista y lo espiritual que define a ambas.

Lux no es un disco fácil. Es denso, arrogante, misterioso y fascinante. Es el trabajo de una artista que ha decidido desafiar su propio éxito, que prefiere la búsqueda a la comodidad, la revelación al aplauso. En un tiempo de canciones instantáneas y consumo fugaz, ROSALÍA invita a detenerse, a mirar hacia dentro, a escuchar.

Puede que algunos se queden fuera del camino. Pero los que entren en él entenderán que Lux no busca iluminar al público, sino encenderlo desde dentro. ROSALÍA no ha hecho un álbum: ha levantado un templo sonoro.