FERNANDO J. LUMBRERAS
Hay canciones que no envejecen, que se reinventan cada vez que alguien les devuelve la respiración. “Quiero ser santa”, aquel himno inmortal de Parálisis Permanente y más tarde de ALASKA Y DINARAMA, renace ahora en la voz de NINA RAKU, que la transforma en un rito pop donde lo sagrado y lo carnal se entrelazan sin culpa. Su versión no busca la nostalgia, sino la redención: una relectura emocional y poderosa en la que la santidad se convierte en deseo, y el deseo en una forma de poder.
Con una interpretación intensa y luminosa, Nina rescata el filo original de la canción para dotarlo de una sensibilidad contemporánea. Los sintetizadores analógicos, el cencerro y las capas de beats electrónicos dialogan con el espíritu post-punk de los ochenta, pero desde una mirada actual, más emocional que estética. “Cantarla ahora es una forma de reconciliarme con todo eso”, confiesa la artista malagueña, que explora la fuerza femenina como nueva forma de santidad.
El resultado es una obra que convierte el pop en liturgia. “Quiero ser santa” ya no es un grito de provocación, sino una oración laica que celebra la vulnerabilidad como poder. En ella confluyen el eco oscuro de Parálisis Permanente, la teatralidad de Alaska y el universo poético y experimental de Nina Raku, que reclama su espacio entre lo terrenal y lo trascendente.
Este lanzamiento consolida una etapa en la que Nina profundiza en la tensión entre fe e intimidad, tras proyectos como La Primera Piedra o Campo de Relámpagos. En su voz, la tradición se vuelve materia emocional y ritual, y el pop, un lugar donde el cuerpo, la fe y el deseo laten al mismo compás.




