Hay lugares que no se visitan: se atraviesan. Lugares donde el tiempo no avanza en línea recta, sino que se pliega, se superpone, se confunde. Tihuanaco es uno de ellos. A casi cuatro mil metros de altura, en el altiplano boliviano, entre el frío que corta la respiración y un cielo que parece más cercano que en ningún otro lugar, se alzan unas piedras que llevan siglos haciéndonos la misma pregunta: ¿quiénes fuimos antes de creer que lo sabíamos todo?
Hoy no vamos a hablar solo de ruinas. Vamos a hablar de una civilización que miró al sol para ordenar el mundo, que talló la piedra como si dialogara con ella, que convirtió la altura en poder y el ritual en sistema. Vamos a caminar entre puertas que no son solo puertas, entre templos que fueron relojes del cosmos, entre silencios que aún pesan más que las palabras.
Porque Tihuanaco no es un misterio fácil ni una postal arqueológica. Es un desafío. Un lugar donde la historia y el mito se rozan, donde la ciencia explica mucho pero no lo explica todo, y donde cada bloque de piedra parece guardar una memoria que todavía no hemos aprendido a escuchar.
Abrimos hoy este viaje no para encontrar respuestas definitivas, sino para hacer las preguntas correctas. Porque entender Tihuanaco es aceptar que el pasado no está muerto, que sigue hablándonos… y que, si afinamos el oído, quizá aún tenga algo importante que decirnos.



