Hay instituciones cuya existencia parece tan natural que cuesta imaginar un mundo sin ellas. Hoy resulta habitual ver el emblema de la Cruz Roja en una ambulancia, un hospital de campaña, una zona devastada por un terremoto o un campo de refugiados. Asociamos ese símbolo con ayuda, esperanza y solidaridad, pero pocas veces nos detenemos a pensar que hubo un tiempo en el que nada de eso existía. Durante siglos, los heridos en los campos de batalla quedaban abandonados a su suerte, sin protección, sin asistencia organizada y, en demasiadas ocasiones, condenados a morir lejos de cualquier auxilio. Hasta que un hombre decidió que aquella realidad no podía seguir siendo aceptada como algo inevitable.
La historia de la Cruz Roja es mucho más que la historia de una organización humanitaria. Es el relato de cómo una sola experiencia fue capaz de transformar el derecho internacional, cambiar la forma de entender la guerra y demostrar que incluso en los momentos más oscuros puede abrirse paso la compasión. Todo comenzó una tarde de junio de 1859, en un campo de batalla del norte de Italia, donde un empresario suizo llamado Henry Dunant fue testigo de un horror que marcaría el resto de su vida. De aquella visión surgiría una idea sencilla y revolucionaria: que la humanidad nunca debe desaparecer, ni siquiera cuando todo alrededor parece haberse rendido a la violencia.




