LILIANA MONTES
JOAQUÍN SABINA se despidió anoche de los escenarios en Madrid con un concierto que ya pertenece a la memoria sentimental de un país entero. Fue una noche de esas que respiran despedida desde el primer verso, desde la primera silueta que aparece entre focos: un Sabina sereno, dolido, agradecido, con ese bombín blanco —luego marrón, luego chistera— que parecía cambiar para marcar capítulos de un mismo final. “Este es mi último concierto, el más importante, el que recordaré siempre”, dijo con voz grave, sostenido por una emoción que no trató de esconder. Esta vez, sí, era el adiós definitivo.
El Movistar Arena, lleno hasta la última viga, vibró como un solo cuerpo mientras Sabina abría la noche con Calle Melancolía, dedicada a Madrid, la ciudad que ha sido patria y herida, refugio y escenario. Después llegó la primera puñalada dulce: “Esta gira que empezó llamándose Hola y Adiós ya solo se llama adiós. Me he colado en la memoria de varias generaciones. Sin vosotros, mis canciones no existirían”.
En el foso se encontraba su corte afectiva: Ana Belén, Víctor Manuel, Benjamín Prado, David Trueba… Amigos que no subieron a cantar, porque aquella despedida era de él y de nadie más, pero que acompañaron como testigos privilegiados. Y en las gradas, miles de devotos que parecían peregrinos en un templo construido con versos, noches en vela, curvas de whisky y cicatrices que huelen a vida vivida.
No negó nada Sabina, ni los excesos, ni las sombras, ni las resurrecciones. Cantaba sentado, porque el cuerpo ya no concede ciertos lujos, pero no hacía falta más: de pie estaba el público, esa otra mitad de su alma que coreaba cada frase como si fuese una oración. Ahora que tengo un alma que no tenía, rugían 12.000 gargantas.
Entre fotos que mostraban a otros Joaquines —jóvenes, rebeldes, despeinados, peligrosamente vivos— el trovador repasó un repertorio que es ya patrimonio emocional. Decir que cantó sus canciones más conocidas es decir que cantó su vida entera: 19 días y 500 noches la entonaron los asistentes, con la lengua muy larga y la falda muy corta. Más de cien mentiras, Quién me ha robado el mes de noviembre, Y nos dieron las diez: todas volvieron, todas dolieron, todas curaron.
Sabina habló en rimas, presentó a sus músicos con un soneto improvisado, y convirtió palabras como “insolencia”, “cocaína”, “malas compañías”, “tango”, “puta”, “primavera” o “poeta” en ese lenguaje inconfundible que él ha construido para dar voz al naufragio y al abrazo.
Hubo espacio para México, para Chavela Vargas, para ese boulevard de los sueños rotos por donde caminó con un temblor en la voz que casi arrancó lágrimas. Hubo un amago de final que no llegó: “Nos dijimos adiós, ojalá volvamos a vernos”, murmulló. Pero la noche aún no se rendía.
Y entonces ocurrió lo de siempre: “Casi nos dan las 3. Y las 10, y las 11, y las 12, y la 1 y las 2…”, hasta que la luna se posó sobre Madrid como testigo último. El cierre llegó cuando Sabina se quitó el bombín final e inclinó el cuerpo en un gesto antiguo, solemne, de eterno agradecimiento.
No sabemos si escribió la canción más hermosa del mundo. Quizá sí, quizá varias. Las más hermosas, las más tramposas, las más tristes, las más inmortales. Pero anoche, ese 30 de noviembre, todos fueron amantes, novios, amigos, cómplices de un hombre tan joven y tan viejo que decidió marcharse cantando.
El amor cuando no duele mata. Amores que matan nunca mueren. El de su público, está claro, tampoco morirá.




