FERNANDO J. LUMBRERAS
En la vibrante Ciudad de México, donde cada esquina parece guardar un suspiro y cada semáforo una historia, CARLOS RIVERA y ANA BÁRBARA vuelven a encontrarse en una colaboración que late con fuerza propia: el estreno del videoclip de “Cuento de nunca acabar”, una balada que navega entre la nostalgia, la entrega y ese amor que, aunque duela, se resiste a decir adiós.
La canción forma parte del EP Vida.. de Carlos Rivera, un trabajo publicado en octubre que ha dejado huella por su sensibilidad y por esa manera tan suya de abrazar los sonidos tradicionales de México. En este nuevo capítulo, la artista potosina y el cantautor de Tlaxcala entrelazan sus voces en una interpretación intensa, elegante y profundamente emocional, como si ambos quisieran sostener entre sus manos los últimos hilos de una historia que siempre vuelve a empezar.
El videoclip, grabado en la capital mexicana bajo la dirección de Israel Rodríguez Chávez y Omar Moreno, respira una estética íntima que se mueve al ritmo de la letra, iluminando la complicidad que surge cuando dos intérpretes se encuentran no solo en la música, sino en la verdad que comparten. El resultado es una pieza visual que acompaña sin invadir, que acaricia sin romper, que eleva la canción hasta convertirla en un pequeño ritual de despedidas y reencuentros. Ya puede disfrutarse en todas las plataformas digitales.
“Cuento de nunca acabar” se incorpora así a la constelación de colaboraciones memorables de ambos artistas, reafirmando a Carlos Rivera como uno de los grandes cronistas del sentimiento en su generación y a Ana Bárbara como una voz imprescindible dentro de la música regional en español, capaz de atravesar géneros y fronteras con la misma naturalidad con la que interpreta un susurro o un grito del alma.
Con esta entrega, ambos recuerdan que hay historias que no terminan porque no quieren, porque permanecen vivas en la música, en la memoria, en esa chispa que surge cuando dos voces se reconocen y se acompañan. Y quizá, al final, ahí resida la magia de esta balada: en ese vaivén que no se rinde, en ese eco que insiste, en ese “cuento” que, como el amor verdadero, parece nunca acabarse.




