NATASHA CAMPOS
La tarde comenzó con un picoteo distendido que ya anticipaba el tono del encuentro: cercano, cálido, casi doméstico. No era un showcase al uso, sino un mini concierto acústico privado, pensado para disfrutar de las canciones de manera íntima, sin artificios y con la artista a apenas unos pasos. Ese formato le sienta especialmente bien a Yarea, cuya música —incluso en sus versiones de estudio— parece pedir madera, aire y silencio alrededor.
Abrió con Crítico, una elección que funcionó como declaración de intenciones. Sirve como puerta de entrada a un repertorio que, como ella misma reconocería después, no podría haber dejado fuera. “Me gustaban todas”, dijo, y esa convicción se nota: cada canción parece ocupar un lugar preciso en su universo emocional.
En el segundo tema subió Álex, compañero y cómplice musical, con una guitarra acústica que añadió textura y complicidad. Juntos dieron paso a Gigante y pequeño, que Yarea presentó como “el único tema de amor” del disco. Confesó que tenía la necesidad de incluirlo, aunque también reveló que fue una de las canciones que más le costó escribir. “Me pilló en un momento complicado… la escribí muy para mí, pero no me cuesta desnudarme en los temas”, explicó. Esa mezcla de vulnerabilidad y naturalidad define buena parte de su propuesta artística.
El siguiente tema, más arpegiado y rápido, fue Lo más pequeño, que —paradójicamente— se hizo grande. Creció en la sala, llenó el espacio y confirmó que, incluso en formato mínimo, las canciones de Yarea tienen una capacidad expansiva que sorprende.
Durante la rueda de preguntas, la artista habló sin filtros de su proceso creativo. Contó que este tercer disco es bastante autobiográfico, que necesita que le pasen cosas para escribir, aunque reconoce que las dramatiza un poco. También explicó que, a diferencia del anterior, en este sí se planteó incluir colaboraciones, pero finalmente decidió que si no surgían de manera natural, prefería sacarlo sola antes que forzar nada. Una decisión coherente con la honestidad que atraviesa todo el proyecto.
Curiosamente, la canción que más le costó componer no fue Gigante, sino Nos echo de menos. “Ese día estaba enfadada, y es cuando mejor compongo”, dijo entre risas. Fue un tema que salió rápido, impulsivo, casi como un desahogo.
Después del mini concierto hubo tiempo para charlar, brindar y compartir impresiones. Yarea salió a saludar a todo el mundo, uno por uno, con una cercanía que no parece impostada. Se la veía contenta, satisfecha y deseando que el disco salga por fin, orgullosa del resultado y con ganas de moverlo. De hecho, adelantó que quizá al final del verano haga una gira por salas pequeñas, porque le apetece llevar estas canciones a espacios donde puedan respirarse igual que aquí: sin distancia, sin ruido, sin barreras.
La presentación dejó claro que este tercer disco no es solo un paso más en su carrera, sino un retrato honesto de quién es ahora. Una artista que escribe desde lo que vive, que no teme mostrarse y que encuentra en lo pequeño —como en esa canción que se hizo grande— su forma más luminosa de crecer.




