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SÔBER presenta ‘Anandamida’, su receta rockera de la felicidad

Foto en exclusiva de Natasha Campos

GIANCARLO OLANO / FERNANDO J. LUMBRERAS

La felicidad también tiene nombre de molécula. SÔBER presentó ‘Anandamida’, su nuevo disco, en un encuentro íntimo en el que las canciones fueron desvelando algo más que guitarras, ritmos y estribillos: un mapa emocional construido alrededor del miedo, el amor, la pérdida y la necesidad de encontrarse con uno mismo. «Buscar la felicidad dentro de uno mismo», explicó la banda cuando llegó la pregunta inevitable de la tarde: ¿qué significa Anandamida? Desde ese momento, la escucha dejó de parecer una simple presentación para convertirse en una conversación entre músicos y público.

Un pequeño fallo técnico interrumpió los primeros segundos del estreno, pero sirvió para romper cualquier solemnidad. SÔBER respondió con humor y, cuando la música regresó, apareció el grupo reconocible: baterías contundentes, guitarras perfectamente ensambladas, cambios de ritmo y una voz capaz de abrir espacio entre la potencia instrumental. Los cuatro músicos acompañaban las canciones con gestos, tarareaban y simulaban tocar sus instrumentos, como si aquella sala pudiera transformarse durante unos minutos en el escenario de un concierto.

Las letras fueron tomando entonces el protagonismo. En ‘Refugio’, una frase resumió buena parte de las contradicciones sentimentales que atraviesan el álbum: «No sé cómo amarte ni tampoco cómo vivir sin ti». Después llegarían ‘Dile al miedo’, ‘Efímero’ o ‘Cae el telón’, canciones que hablan de enfrentarse a lo desconocido, de herir a quienes queremos o de descubrir qué queda cuando se apagan los focos. ‘Anandamida’ encuentra precisamente su fuerza en ese contraste entre la musculatura del rock y la fragilidad de aquello que cuenta.

También hubo espacio para las sombras. ‘Cuatro paredes’ se adentra en la dependencia, las sustancias y la ansiedad, mientras que otra de las canciones reservó una novedad en la historia de SÔBER: la incorporación de una voz femenina. Alba asumió la segunda voz y participó en el estribillo, aportando un contraste que por momentos acercaba la atmósfera hacia territorios de rock oscuro y melódico. Antes, ‘Círculo’ había dejado una de las anécdotas de la tarde cuando un prolongado silencio hizo creer al DJ que la canción había terminado. No era así. La música regresó entre las risas de todos.

El recorrido desembocó en ‘El beso de Judas’, grabada en una iglesia y construida alrededor de la traición, la confianza y la lealtad quebrada. Fue un final especialmente simbólico para un álbum que parece mirar hacia dentro incluso cuando las guitarras empujan hacia fuera. SÔBER no utiliza ‘Anandamida’ para hablar de una felicidad ingenua, sino de la difícil tarea de buscarla entre pérdidas, dependencias, miedos y relaciones que dejan cicatrices.

Cuando terminó la última canción, el público comenzó a aplaudir. Los músicos se levantaron y respondieron aplaudiendo también a quienes estábamos frente a ellos. Durante unos segundos desapareció la distancia entre banda y oyentes. Quizá aquella fuese la mejor definición posible de ‘Anandamida’: la felicidad como algo fugaz que aparece cuando una canción consigue que varias personas, aunque sea durante unos minutos, sientan que forman parte de la misma historia.

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