RAPHAEL, persona del año 2025, vive una noche histórica en Las Vegas

LILIANA MONTES

La noche en que RAPHAEL se convirtió oficialmente en Persona del Año 2025 quedará grabada en la memoria colectiva como una celebración de esas que hacen temblar el tiempo. En el teatro del hotel Mandalay, en Las Vegas, ante 1.100 personas que apenas podían contener el asombro, el artista jiennense de 82 años demostró que sigue siendo —como dijo Enrique Bunbury— “el person of the year de cualquier year de cualquier década”. Y, sin embargo, este año tenía un peso distinto: tras retirarse apresuradamente a finales de 2024 por un tumor cerebral y regresar solo seis meses después, la distinción no solo honraba su legado, sino también su invencible voluntad de seguir cantando.

Cuando apareció, poco antes de las ocho de la tarde, el público lo recibió con un aplauso contenido, casi reverencial, como si la sala entera contuviera la respiración ante la presencia de alguien que ha sobrevivido a un trasplante de hígado, a un tumor y a todas las estaciones del alma. Raphael bajó las escaleras lentamente, saludando, llevándose la mano al oído en ese gesto suyo tan característico —quiero más, quiero escucharos— que parecía un guiño cómplice a la eternidad. Pero fue al final de la gala cuando el teatro se vino abajo en una ovación interminable, un oleaje de bravos que se desbordaba mientras él interpretaba tres himnos: Qué sabe nadie, Mi gran noche y Como yo te amo.

La Academia Latina de la Grabación lo definió como “una gran leyenda de la música latina”, y Manuel Abud, su CEO, le confesó que iba a disfrutar como nunca. No se equivocaba. Raphael lloró, sonrió, se emocionó hasta el temblor, rodeado por su familia y por generaciones de artistas que interpretaron sus clásicos con una devoción que parecía religiosa. La noche arrancó con Enrique Bunbury cantando Yo soy aquel, seguido de Carín León, que llevó Ahora y Toco madera a un nuevo territorio emocional. Después se sucedieron homenajes luminosos: Café Quijano y Gaby Moreno, David Bisbal y Elena Rose, Iván Cornejo, Jesse & Joy, Pablo López, Aitana, Fito Páez, Rozalén, Susana Baca, Kikí Morente, Vanesa Martín, Kany García, Carlos Rivera

Cada actuación era un eslabón en la cadena de un legado que atraviesa generaciones, fronteras y estilos. Bisbal, visiblemente emocionado, bajó a su mesa para cantarle Como yo te amo mirándole a los ojos, con una sinceridad que la sala entera sintió como un latido. Aitana, incapaz de contener las lágrimas, confesó que Raphael era la banda sonora de su vida. Susana Baca cantó descalza, como si el escenario fuera un templo. Y Silvia Pérez Cruz convirtió Somos en un milagro suspendido en el aire.

En los vídeos proyectados, Raphael recordaba su infancia, sus películas, sus 350 discos de oro y aquel de uranio que solo él posee. Pero, sobre todo, recordaba los días que nacieron sus hijos y su matrimonio con Natalia Figueroa, todos presentes en Las Vegas, como un pequeño faro familiar en la inmensidad del homenaje.

La noche terminó con un estallido caribeño —Willy Chirino, Eddy Herrera y Víctor Manuelle cantando Escándalo— que puso a Raphael a bailar en su mesa, como si el mundo entero celebrara con él. Luego subieron Manuel Abud y Bunbury para entregarle el premio, recordando su “radar para las nuevas generaciones” y esa capacidad única de cantar como si le fuera la vida en ello.

Cuando tomó la palabra, Raphael no necesitó discursos largos:
Habéis hecho de mí la persona más feliz del mundo. Gracias por entender mis canciones y mi arte… si es que lo tengo”, dijo, con el humor dulce y elegante que siempre lo ha acompañado. Y cantó de nuevo, porque en él la música no es un oficio: es la forma más pura de respirar.

Así se fue, con una sonrisa inmensa, los ojos brillantes y una noche perfecta tatuada en la historia de la música en español.