FERNANDO J. LUMBRERAS
RAFAEL AMADOR, alma indómita del flamenco mestizo y revolucionario absoluto de la música española, ha fallecido a los 65 años en Sevilla. La familia del artista confirmó la noticia a través de las redes sociales con un mensaje cargado de emoción y simbolismo, en el que se despide al “maestro de maestros”, al “príncipe gitano” que supo abrir grietas en la tradición para que por ellas entraran el rock, el blues y la calle. Rafael murió la noche del domingo en el Hospital Virgen del Rocío, acompañado por su hermano Diego Amador, su hijo Rafael y numerosos seres queridos, cerrando así una vida marcada por la intensidad creativa y la libertad artística.
Nacido en Sevilla en 1960, RAFAEL AMADOR fue una de las figuras clave de la música popular española desde los años ochenta. Tras la disolución de Veneno, el proyecto que compartió con Kiko Veneno, Rafael fundó junto a su hermano Raimundo Amador el grupo Pata Negra. Aquel dúo cambió para siempre las reglas del juego al fusionar el flamenco con el rock y el blues, dando forma a un lenguaje propio que ellos mismos bautizaron como blueslería, una música adelantada a su tiempo que rompió fronteras estéticas y generacionales.
La huella de RAFAEL AMADOR es indeleble. Fue el principal compositor del repertorio de Pata Negra, firmando algunas de las canciones más influyentes del canon musical español contemporáneo, como Camarón, Pasa la vida, Blues de la frontera o Lunático. Temas que no solo marcaron una época, sino que construyeron una estética sonora reconocible, cruda y luminosa a la vez, profundamente gitana y universal, capaz de dialogar con la tradición sin pedirle permiso.
El éxito llegó con trabajos ya históricos como Guitarras callejeras y, sobre todo, con Blues de la Frontera, el disco que supuso la consagración definitiva de Pata Negra y que abrió al grupo las puertas de una proyección masiva impensable hasta entonces para una propuesta tan libre y mestiza. Aquel álbum no solo consolidó a los hermanos Amador, sino que cambió la percepción del flamenco en la España moderna, demostrando que la raíz podía crecer sin perder su verdad.
Con la muerte de RAFAEL AMADOR se va mucho más que un músico: se apaga una forma de entender la creación como acto de riesgo y autenticidad, una voz que nunca quiso domesticar su duende. Su legado, sin embargo, permanece intacto en cada acorde, en cada verso y en cada artista que entendió, gracias a él, que el flamenco también podía mirar de frente al blues y al rock sin dejar de ser flamenco.




