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PIPIOLAS se reinventan con su disco homónimo y firman su obra más honesta y madura

LILIANA MONTES

Hay discos que funcionan como una carta de presentación y otros que son, directamente, una confesión. PIPIOLAS han decidido que su nuevo trabajo sea ambas cosas al mismo tiempo, bautizándolo con su propio nombre como quien se mira al espejo sin filtros. El dúo formado por Paula y Adriana regresa tras más de dos años desde aquel debut, No hay un Dios, con un álbum que no busca agradar, sino decir la verdad, aunque duela.

En este nuevo capítulo, la inocencia se transforma en conciencia, y el brillo de los sueños se mezcla con la crudeza de la realidad. “Pipiolas” nace de un parón necesario, casi existencial, en el que las artistas se enfrentaron a una pregunta incómoda: quiénes son ahora y si todavía tienen algo que decir. La respuesta es este disco. Un trabajo que no esquiva la madurez, sino que la abraza con todas sus contradicciones.

El álbum se construye como una obra conceptual, algo cada vez más raro en una industria dominada por la inmediatez. Aquí no hay canciones sueltas ni fórmulas rápidas: hay un relato emocional que se despliega escucha tras escucha, invitando al oyente a sumergirse en sus capas. Cada tema responde a un momento vital concreto, a una herida, a una reflexión o a una rendición.

En lo lírico, PIPIOLAS afilan aún más su discurso. Se convierten en altavoz de una generación cansada, vulnerable y, a veces, rota, especialmente desde una mirada femenina que no pide permiso. En ‘No Tocar’, el deseo de desaparecer se convierte en un grito silencioso: “Yo lo que quiero es quedarme en una cueva”. En ‘Hasta Donde Se Pudo’, la salud mental aparece sin maquillaje, con esa resignación que deja frases como “Fui feliz hasta donde pude”. Y en ‘NaNaNa’, la crudeza alcanza un punto casi incómodo, dibujando una realidad donde la anestesia emocional deja paso a una especie de vacío consciente.

El arranque del disco, con una reinterpretación de My Favorite Things, no es casual. Funciona como un refugio inicial, una especie de recuerdo luminoso antes de adentrarse en la tormenta emocional que vendrá después. A partir de ahí, el álbum se mueve entre luces y sombras, entre la nostalgia y el desencanto.

Musicalmente, el universo de PIPIOLAS se expande sin perder identidad. El pop sigue siendo su lenguaje, pero ahora se tiñe de influencias que van desde Mecano hasta Madonna, pasando por el italo disco, el europop o referencias más contemporáneas como Chappell Roan. Bajo la producción de Vau Boy y la masterización de Xavier Alarcón, el sonido se vuelve más sólido, más consciente de sí mismo, pero sin renunciar a esa frescura irreverente que las define.

Y es precisamente ahí donde reside uno de los mayores logros del disco: en medio de la oscuridad, el baile sigue siendo una forma de resistencia. PIPIOLAS entienden la pista de baile no solo como un espacio de evasión, sino como un lugar donde exorcizar emociones, donde convertir el dolor en movimiento.

“Pipiolas” no es solo un disco: es un punto de inflexión, una declaración de identidad y, sobre todo, un acto de permanencia. Porque si algo dejan claro Paula y Adriana es que, aunque ya no sean aquellas “pipiolas” que empezaban, seguirán siendo libres mientras recuerden quiénes fueron.

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