La Navidad tiene algo de rito iniciático. Cada año, cuando el calendario empieza a apretarse y los supermercados se llenan de carros rebosantes y miradas nerviosas, aparece la gran pregunta: ¿qué vamos a poner este año en la mesa? En España, la gastronomía navideña no es solo comida; es memoria, es familia, es ese instante en el que todos se sientan y, durante unas horas, el mundo parece detenerse alrededor de un mantel bien puesto.
La cena de Nochebuena es el gran debut. Ahí no hay ensayo general: es salir a escena y convencer desde el primer bocado. Da igual si luego el plato principal será carne o pescado, si apostaremos por una sopa clásica o una crema reconfortante. El verdadero examen está al principio, en esos minutos en los que la gente aún tiene el abrigo cerca y la conversación va arrancando poco a poco. Ahí es donde los aperitivos tienen que hacer su magia.
Un buen aperitivo navideño debe cumplir varias reglas no escritas: ser vistoso, fácil de comer, reconocible pero con un punto especial. No se trata de complicarse la vida, sino de elegir bien. Con marisco y buen embutido casi siempre se acierta —un jamón de los de verdad, de los que solo salen en grandes ocasiones, ya gana medio partido—, pero antes de eso conviene romper el hielo con pequeños bocados que despierten el apetito y provoquen el primer “qué bueno está esto”.



