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JORGE MARTÍNEZ, líder de ILEGALES, fallece a los 70 años y deja huérfano al rock español

FERNANDO J. LUMBRERAS

El rock español amanece hoy con un silencio extraño, como si su latido más irreverente se hubiese detenido de golpe. JORGE MARTÍNEZ, fundador, vocalista y alma indomable de ILEGALES, ha fallecido este martes a los 70 años en el Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), donde permanecía ingresado desde hacía varios días, aquejado de un proceso oncológico que finalmente no pudo superar. Su muerte, tan inesperada en su crudeza como inevitable en su verdad, apaga una de las voces más desafiantes, literarias y profundamente libres de la historia musical de nuestro país.

La noticia llega tras meses de incertidumbre. El pasado 19 de septiembre, la banda anunciaba la cancelación indefinida de todos sus conciertos. Era el primer aviso de que algo grave se cernía sobre su líder, ese hombre de mirada acerada y verbo afilado que, desde los años ochenta, moldeó un sonido eléctrico, abrasivo y ferozmente poético. El comunicado hablaba con claridad: Martínez debía someterse a un tratamiento contra el cáncer, un alto obligatorio en el camino para concentrar todas sus fuerzas en la recuperación. Los escenarios quedaron entonces a la espera, suspendidos como una nota que no llega a resolverse.

En ese tiempo, Ilegales ya había tenido que suspender varias actuaciones, entre ellas el concierto previsto el 14 de septiembre en las fiestas de San Mateo, en Oviedo, su tierra, su refugio y también el territorio donde se fraguó el mito. La banda insistía en que la decisión —“tan difícil como inevitable”— era un acto de responsabilidad y esperanza. Ahora sabemos que aquel silencio forzado escondía una batalla dura y desigual.

Hoy, sin embargo, la tristeza se mezcla con otro sentimiento: el reconocimiento. Porque Jorge Martínez no fue solo un cantante. Fue uno de los grandes cronistas eléctricos del desencanto, un creador que convirtió el ruido en verdad y la provocación en arte. Su figura marcó a varias generaciones que encontraron en sus canciones una manera distinta de mirar el mundo, más lúcida, más cruda, más honesta.

Su legado no cabe en un titular. Es una cicatriz luminosa en la historia del rock español, una llamarada que seguirá ardiendo en quienes aprendieron a desafiar al mundo con un riff, una frase o un gesto de insolencia creativa. Hoy se apaga su voz, pero no su eco, que seguirá retumbando allí donde la música necesite valentía.

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