Bastaban una nariz roja, un acordeón y una sonrisa para que el mundo pareciera un lugar un poco más amable. Miliki tuvo el extraordinario privilegio de acompañar la infancia de millones de personas sin conocerlas, de entrar en sus casas sin llamar a la puerta y de convertirse, casi sin proponérselo, en alguien más de la familia. Su voz permanece unida a aquellas tardes en las que la felicidad cabía dentro de una pantalla de televisión y las preocupaciones de los mayores parecían quedar muy lejos. Con Gaby y Fofó nos enseñó que una canción podía transformar cualquier momento en una fiesta y que la risa era un lenguaje capaz de reunir a padres, hijos y abuelos. Pero el tiempo pasó. Aquellos niños crecieron, abandonaron sus juguetes, descubrieron las dificultades de la vida y comenzaron a mirar su propia infancia con una nostalgia que no habían conocido antes. Y entonces comprendieron que Miliki les había regalado algo mucho más valioso que unas horas de entretenimiento: les había dejado un refugio al que regresar cada vez que una melodía, una palabra o un recuerdo les devolviera por unos instantes a la persona que habían sido.
Cuando Emilio Aragón Bermúdez murió, el 18 de noviembre de 2012, desapareció uno de los últimos grandes representantes de una manera de entender el espectáculo que había acompañado a varias generaciones. Sin embargo, su despedida tuvo algo profundamente singular: millones de personas sintieron que se marchaba alguien que había formado parte de sus vidas, aunque jamás hubieran estrechado su mano. Porque Miliki pertenecía a ese pequeño grupo de artistas cuya verdadera dimensión no puede medirse en discos vendidos, premios recibidos o años de permanencia en televisión. Su importancia estaba en la memoria de quienes aprendieron a cantar con él, en las familias que todavía recuerdan sus ocurrencias y en los adultos que, al escuchar las primeras notas de sus canciones, vuelven a sentirse niños. Quizá ese sea el destino más hermoso al que puede aspirar un payaso: envejecer mientras su público crece, despedirse cuando llega el momento y permanecer para siempre en ese rincón de la memoria donde todavía viven nuestros padres jóvenes, los abuelos que ya no están, las tardes interminables y la felicidad sencilla de los primeros años. Miliki se fue a los ochenta y tres años, pero dejó tras de sí millones de infancias que todavía conservan su sonrisa.




