España amaneció el 11 de febrero de 1873 con una palabra nueva en la boca y un país viejo en los hombros: República. No fue un nacimiento solemne, ni un plan trazado con calma, sino la respuesta urgente a una monarquía que se había quedado sin aire. En cuestión de horas, las Cortes proclamaron un régimen que prometía soberanía popular, libertad y una España distinta… pero lo hicieron en medio de un vendaval: una guerra en Cuba, otra en el norte con los carlistas y un país fracturado entre quienes soñaban con una federación de pueblos y quienes pedían orden a cualquier precio. La Primera República duró poco, sí, pero en esos veinte meses pasó de todo: esperanzas inmensas, divisiones feroces, ciudades sublevadas, presidentes que caían como fichas de dominó y un Ejército dispuesto a decidir el destino del Parlamento. Hoy vamos a entrar en ese tiempo vertiginoso, no como una anécdota, sino como un espejo: el instante en que España intentó reinventarse… y descubrió lo difícil que es sostener un sueño cuando el suelo tiembla bajo los pies.
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