Dora Carrington eligió cómo quería llamarse, se cortó el pelo cuando aquel gesto todavía desafiaba las costumbres y encontró en la pintura una manera de acercarse a cuanto la fascinaba. Ante su mirada, un rostro, una montaña o una habitación podían adquirir una intensidad inesperada. Vivió entre algunos de los escritores y artistas más brillantes de la Inglaterra de comienzos del siglo XX, en un ambiente donde se discutía con pasión sobre el arte, la libertad y el amor. Pero aquellas conversaciones continuaban después de cerrar los libros: entraban en los dormitorios, alteraban las amistades y obligaban a decidir cómo llevar a la vida lo que parecía tan convincente al pronunciarlo.
Esta semana, en Historias de la Historia, seguiremos a Carrington desde las aulas de una escuela de arte londinense hasta las casas de campo donde compartió sus días con el escritor Lytton Strachey. Entre pinceles, afectos y proyectos compartidos, iremos descubriendo a una mujer cuya intimidad despertó tanta curiosidad que durante décadas apenas dejó espacio para contemplar sus cuadros. Acercarse a ellos nos permitirá escuchar otra voz de Carrington: la que sigue hablando a través del color.




