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FERNANDO J. LUMBRERAS
El otoño es la estación en la que la naturaleza parece entrar en un estado de pausa, pero lo hace con una elegancia majestuosa. Los días se acortan, la luz se vuelve dorada y los árboles, como actores de una obra que saben que su escena final está cerca, se desprenden de su follaje con un gesto lento, solemne y casi poético. Y en ese telón de fondo de ocres, rojizos y marrones, emergen las frutas de otoño, tesoros discretos que llegan sin ruido, pero con un protagonismo absoluto en nuestra mesa y en nuestra memoria.
Hay algo profundamente nostálgico en las frutas de esta estación. El verano nos ofreció la dulzura fresca de las sandías y los melocotones, el júbilo jugoso de las cerezas, pero ahora el paladar parece reclamar algo más íntimo, más denso, como si nuestra propia biología supiera que se acerca el frío y necesitamos sabores que nos abracen.
Las manzanas, por ejemplo, cobran una personalidad distinta. Ya no son la fruta ligera que refresca en julio, sino que adquieren una intensidad casi de perfume cuando se hornean. Nada huele más a hogar que una manzana asada con canela, ese aroma que se cuela por las rendijas de la casa y convierte cualquier tarde gris en una promesa de consuelo. Las manzanas otoñales son firmes, brillantes, con ese matiz ácido que despierta, recordándonos que la vida no siempre es dulzura pura, sino equilibrio.
Las peras, en cambio, se entregan a la suavidad. Maduran despacio, como si entendieran que el otoño exige paciencia, y cuando al fin alcanzan su punto exacto, su carne delicada parece derretirse en la boca. Una pera de octubre es un susurro: humilde en apariencia, rotundamente poética en su sabor.
Pero si hay un fruto que encarna la esencia del otoño, ese es la granada. Su aspecto austero no anticipa la maravilla interior: un cofre repleto de rubíes diminutos, brillantes como lágrimas petrificadas. Abrir una granada es un ritual, un pequeño descubrimiento arqueológico: hay que mancharse los dedos, perder la prisa, y al final la recompensa es una explosión de frescor que combina dulzor y acidez en una danza perfecta. La granada es también un símbolo de abundancia, de fecundidad, de misterios antiguos que nos conectan con mitologías y leyendas.
Las castañas, por su parte, no son simplemente un alimento: son un paisaje. Basta con pasear por cualquier ciudad o pueblo en noviembre y sentir ese humo dulce que brota de los puestos callejeros para saber que hemos entrado de lleno en el corazón del otoño. Comer una castaña recién asada es un acto primitivo y a la vez reconfortante: el calor en las manos, la piel que se abre con un pequeño crujido, la textura harinosa que recuerda al pan y a la tierra.
No menos mágicos son los higos tardíos, que cierran su ciclo con un dulzor oscuro, casi melancólico. Hay en ellos algo de despedida, como si la naturaleza nos regalase un último capricho antes de recogerse en sí misma. Su carne púrpura es un lujo efímero, un recordatorio de que todo lo delicioso es, precisamente por fugaz, más valioso.
El membrillo merece también su lugar en este retrato. Áspero al paladar en crudo, necesita del fuego y del azúcar para revelarse en todo su esplendor. De esa aparente rudeza nace la delicada carne del dulce de membrillo, que combina como ningún otro manjar con un buen queso curado. Es la metáfora perfecta del otoño: lo que parece duro y austero esconde en realidad un corazón cálido.
Las frutas de otoño son mucho más que alimento: son símbolos, metáforas de la transformación. Nos invitan a saborear despacio, a reconciliarnos con la cadencia lenta de los días cortos, a encontrar belleza en lo que decae y dulzura en lo que parece amargo. Cada una de ellas —la manzana perfumada, la pera melosa, la granada brillante, la castaña ardiente, el higo oscuro, el membrillo paciente— nos enseña que el ciclo de la vida se escribe en estaciones, y que en la aparente despedida hay siempre un preludio de renacimiento.
Porque el otoño, con sus frutas, nos recuerda que la abundancia no siempre se grita; a veces se susurra. Que la alegría puede tener el tono rojo de una granada, el dorado de una manzana al horno o el humo que envuelve una plaza llena de castañeras. Y que, en definitiva, cada mordisco es un acto de resistencia luminosa frente al invierno que acecha.


