NATASHA CAMPOS
La Sala Galileo volvió a convertirse en ese refugio musical donde tantas historias han nacido. En un ambiente íntimo, casi doméstico, David De María presentó La Puerta Mágica, un disco que respira artesanía, memoria y una energía renovada. No fue una rueda de prensa al uso: fue una reunión entre amigos, con Antonio Hueso como anfitrión y cómplice, y un público que no solo escuchó, sino que formó parte del relato.
La tarde comenzó con una escena que marcó el tono del encuentro: David hablando de su hijo Leo, ese pequeño rockero que toca la batería desde los dos años y que, según el propio artista, ha teñido de luz —literal y metafóricamente— su proceso creativo. Entre anécdotas sobre cómo el niño corrige a su padre en el estudio (“Aquí no hay batería, papá, aquí hay que meterle un poquito de cambio”), quedó claro que La Puerta Mágica nace también de esa mirada infantil que renueva el tiempo.
Uno de los temas recurrentes de la conversación fue el tiempo: sus huellas, sus regalos y su inevitable avance. David habló de componer sin afeitarse hasta terminar el disco, de aceptar las canas con “optimista resignación” y de cómo sigue sintiéndose un chaval de 16 años cada vez que se sube a una furgoneta rumbo a un concierto. Canciones como Con intimidad o Luna de Abril reflejan esa mezcla de nostalgia y vitalidad que atraviesa todo el álbum.
Durante la escucha, el público pudo descubrir un trabajo con guitarras eléctricas, toques rockeros y arreglos que miran al pasado sin perder frescura. David explicó su proceso de composición —siempre desde la guitarra o el piano— y la importancia de la química con músicos como Giovanni o Pepe Rodríguez, responsables de ese sonido retro y orgánico que define el disco.
También reveló que este será su primer álbum editado en vinilo en casi 30 años de carrera. Una decisión coherente con la estética del proyecto: madera desgastada, salitre, tiempo, ritual. “Quiero que mi hijo sepa poner una aguja en un disco”, confesó entre risas.
En el turno de preguntas, uno de los asistentes, le planteó la cuestión que da sentido al título del álbum. David respondió sin dudar: su puerta mágica conduce al oyente, a ese público que aún disfruta un disco entero, de la primera a la última canción, sin prisas ni algoritmos. A quienes escuchan música como quien abre un libro.
La presentación también fue un viaje emocional por la historia del propio David en la sala Galileo. Recordó sus primeros conciertos en Madrid, cuando pedía lunes porque nadie los quería, y compartió por primera vez una anécdota que sorprendió a todos: en uno de esos camerinos estrechos dio su primer beso a la que hoy es la madre de su hijo. “Treinta años después, aquí está el resultado”, dijo señalando a Leo entre el público.
La tarde terminó como debía: con música en directo. David y Giovanni interpretaron fragmentos de varios temas, demostrando que la esencia del disco —y del propio artista— se potencia en acústico, sin artificios. Después llegó la foto final: David, Antonio Hueso, el maestro Giovanni y el público detrás, inmortalizados en el móvil del propio artista.
Y, como broche, David se quedó firmando discos, conversando con cada persona, manteniendo esa cercanía que marcó toda la presentación.
Una cita sencilla, cercana y sin artificios, donde lo esencial no fue cuántos temas sonaron en directo, sino compartir por primera vez el disco tal y como es: escuchándolo juntos. Una tarde tranquila, sin pretensiones, que dejó claro que a veces lo íntimo es lo que mejor se queda.




