NATASHA CAMPOS
La tarde en Madrid tenía algo de preludio cálido, como si el propio título del disco quisiera anunciarse antes de tiempo. En la sala, entre medios, fans y curiosos, se respiraba una expectación tranquila, de esas que no necesitan ruido para hacerse notar. Yo estaba allí, muy cerca, y desde el primer momento tuve la sensación de que lo que íbamos a vivir no era un simple showcase, sino un retrato íntimo de un artista en pleno renacer.
El encargado de abrir el encuentro fue el periodista musical Arturo Paniagua, que presentó a Andrés Koi con una mezcla de admiración y complicidad. Recordó aquel momento en el que Andrés lo dejó todo para enfrentarse a la hoja en blanco. Un salto al vacío que dio lugar a un primer disco en solitario valiente, sofisticado y experimental. Y ahora, apenas unos años después, llega Sol de invierno, un álbum recién grabado que, según Arturo, captura un instante vital muy concreto: el de un músico que ha vuelto a encontrarse.
Cuando Andrés tomó la palabra, lo hizo con esa naturalidad suya que desarma. Habló de su primer disco como quien recuerda una travesía necesaria, llena de extremos, de pruebas, de búsquedas. Y habló del segundo como quien por fin encuentra el centro. Se le notaba muy cómodo.
Sol de invierno nació de un momento complicado, confesó. De la necesidad de redefinirse, de volver a la guitarra, de escribir desde la verdad. El título surgió en la montaña, con un amigo de toda la vida, cuando alguien dijo: “No hay nada como el sol de invierno”. Y Andrés supo que ahí estaba todo: un sol que no quema, que aparece cuando más falta hace, que ilumina sin imponerse.
El disco, contó, es más optimista que el anterior. Más terrenal. Más orgánico. Grabado en directo, con banda, dejando incluso los pequeños ruidos humanos —una pulsera, un roce— porque él quiere “humanizar” la música en un momento en el que la industria se llena de artificios. “Me quiero posicionar en el camino de la naturalidad”, dijo. Y se le notaba: en la voz, en la calma, en la forma de mirar al público.
Antes de despedirse, Arturo recordó que Andrés había elegido dos cócteles para la ocasión, cada uno vinculado a una canción. Andrés compartió co todos que el Bloody Mary, rojo y contundente, representaba Todo lo que me mata, una de las piezas más pasionales y sensuales de su repertorio. El San Francisco, en cambio, estaba ligado a 100 años, la canción dedicada a su abuela, que está a punto de cumplir un siglo de vida. Andrés pidió un cóctel “clásico, de la época”, y el coctelero propuso ese trago dulce y luminoso que encaja con la ternura de la historia.
Cuando llegó el turno de la música, ocurrió algo precioso. Andrés,con una guitarra eléctrica,y aun así, el sonido fue cálido, cercano, casi doméstico. Esa voz suya, tan bonita y tan limpia, llenó la sala con una delicadeza que solo se consigue en formatos así: pequeños. Yo lo sentí desde el primer acorde: esa intimidad que solo se da cuando un artista canta tan cerca que parece que te mira directamente.
A mi alrededor, había periodistas, pero también fans que se sabían las canciones y las cantaban con él. Ese tipo de mezcla que convierte un evento promocional en un momento humano.
La primera canción fue Mal o bien, interpretada por primera vez ante el público. Andrés lo dijo con una mezcla de nervios e ilusión: “Gracias por no dejarme solo”. Y la sala respondió con un silencio respetuoso, de esos que sostienen. La eléctrica, contra todo pronóstico, funcionó como una acústica improvisada, y la canción sonó frágil y luminosa a la vez.
Después llegó Arte, una petición que una fan le hizo en una prueba de sonido y que él decidió recuperar para sus conciertos. Contó que la escribió a la música, no a una persona, y que habla del refugio que encuentra en ella. Fue uno de los momentos más emotivos: él explicando por qué vuelve a tocarla, el público escuchando con atención, y esa sensación de estar presenciando algo que no se repite igual dos veces.
Y entonces, casi sin planearlo, decidió tocar Todo lo que me mata. “Estaba de ñapa”, bromeó. La interpretación fue intensa, sensual, llena de imágenes y ritmo. Una de esas decisiones espontáneas que solo ocurren en conciertos íntimos, cuando el artista se deja llevar por la energía del momento.
La despedida fue tan cercana como todo lo anterior. Comentarios sobre la guitarra, agradecimientos, risas, planes de gira, la ilusión de tocar con banda completa. Después, el meet&greet, los cócteles inspirados en sus canciones, la gente acercándose a hablar con él, a contarle cuál es su favorita.
Salí de allí con la sensación de haber asistido a algo pequeño y grande a la vez. Pequeño por el formato, grande por lo que se respiraba: un artista que vuelve a creer en sí mismo, un disco que nace desde la calma, un público que lo acompaña, una voz preciosa que suena aún más bonita cuando está tan cerca.
Sol de invierno llegará el 21 de marzo, último día del invierno. Y después de escucharle hablar y cantar, entiendo perfectamente por qué: es un disco que promete luz justo cuando más falta hace.




