FERNANDO J. LUMBRERAS
Nacida en la Costa Brava, pero profundamente transformada por su experiencia en Colombia, la artista explica que su recorrido no respondió a un plan racional sino a una intuición. Un viaje inesperado que terminó cambiando el rumbo de su vida y de su música. Allí, después de atravesar un momento de pérdida de fe en sus propios sueños, encontró una relación distinta con el arte: una forma más orgánica, más física y más emocional de vivir la música.
“Veía a la gente cantar y se sentía como la música les brotaba de la piel”, recuerda. Esa experiencia abrió una puerta que ya no volvió a cerrarse.
CRISTINA LA MAR se define como una contadora de historias. En sus canciones no busca únicamente escribir letras, sino construir lugares donde el oyente pueda entrar. Para ella, una canción tiene la capacidad de crear atmósferas, colores, texturas y emociones que muchas veces el lenguaje cotidiano no alcanza a expresar. “Se me da mejor cantar que hablar; es como si lo que cuesta decir no costase tanto”, confiesa.
Ese espíritu atraviesa por completo Una flor en la luna, una obra que gira alrededor de una idea tan sencilla como poderosa: el amor bonito.
Durante mucho tiempo, la artista creyó estar buscando un amor romántico, permanente y definitivo. Sin embargo, mientras escribía estas canciones descubrió que aquello que anhelaba ya existía en otras formas: en los amigos, en la familia, en la creación compartida, en los abrazos y en los pequeños refugios cotidianos. El momento decisivo llegó al sostener por primera vez a su sobrino recién nacido.
Entonces entendió que ese amor no tenía una sola cara.
Y decidió nombrarlo.
“Quiereme, quiereme bonito”, canta en el tema que da nombre al proyecto, convirtiendo esa frase en una declaración artística y vital.
El sonido del EP también responde a esa búsqueda de autenticidad. Frente a una época dominada por la edición digital y la perfección técnica, CRISTINA LA MAR apostó por grabar todas las canciones en directo junto a toda la banda tocando al mismo tiempo. Una decisión impulsada junto al productor británico Richard Blair —conocido por sus trabajos junto a figuras como Peter Gabriel o Brian Eno y establecido desde hace décadas en Colombia—.
Para la artista, grabar así cambia completamente la interpretación: la respiración, las pausas, las miradas y hasta los silencios quedan atrapados en la grabación. Algunas canciones incluso prescinden del metrónomo para conservar el pulso humano de cada interpretación.
“Es encapsular un momento, una realidad, el más puro sentimiento”, resume.
Ese mismo espíritu orgánico aparece en la evolución sonora respecto a trabajos anteriores. En Una flor en la luna emergen con fuerza los sonidos del folclore iberoamericano y especialmente la influencia del cuatro venezolano, un instrumento que llegó a su vida casi por casualidad y terminó convirtiéndose en compañero creativo.
Entre viajes, encuentros musicales y sesiones improvisadas con amigos colombianos vinculados a la música llanera y andina, la artista fue descubriendo nuevas formas de construir canciones. Y esas sonoridades empezaron a mezclarse de manera natural con su universo mediterráneo.
Porque si algo define hoy el proyecto de CRISTINA LA MAR es precisamente esa convivencia entre territorios.
Latinoamérica aparece como el lugar donde encontró su voz de cantautora; el Mediterráneo como el lugar donde sigue comprendiendo lo vivido.
Escucha los sonidos del otro lado del océano, pero vuelve al mar para escribir.
Entre sus referentes aparecen figuras fundamentales como Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui o Simón Díaz, artistas que —según explica— siguen vigentes porque jamás escribieron pensando en tendencias sino en mensajes capaces de atravesar generaciones.
Ahora, con el regreso a España para presentar estas canciones en escenarios y festivales, la emoción se mezcla con los nervios de quien vuelve a casa transformada.
Y mientras sueña con llevar Una flor en la luna por todo el mundo —incluso imaginarlo algún día convertido en un concierto sinfónico—, ya mira hacia el futuro con una dirección clara: seguir explorando una música sin fronteras que ella misma define como world music, donde las historias sigan siendo el verdadero lugar de encuentro.




