GIANCARLO OLANO
La noche comenzó con jazz de fondo en una sala pintoresca, donde las copas, las parejas y los grupos de amigas esperaban con elegancia la presentación de Arahí Martínez, cantante cubana nacida en Santa Clara. El ambiente tenía mucho glamour y todo parecía preparado para disfrutar de una velada especial.
Arahí apareció con un vestido blanco de gala y comenzó con una interpretación solemne, cargada de sentimiento, acompañada por una guitarra y un violín que brillan especialmente en los solos. De pronto, la música cambia y se transforma en una salsa bailable. El público escuchó, todavía sin animarse a bailar, aunque a mí se me movían los pies al ritmo de la clásica salsa cubana.
Entre agradecimientos y una mención especial a una persona del público vinculada a su proyecto musical, Arahí demostró humildad y orgullo por sus raíces. Su acento cubano acompañó una canción más suave, donde la voz y la guitarra se entienden a la perfección para contar historias de romance y desamor.
La artista reconoció los nervios del momento y agradece el apoyo recibido para sacar adelante su disco, Con toque cubano. Un trabajo que reúne diez composiciones y refleja su madurez artística, producido junto al experimentado músico Lino Lores y grabado con instrumentistas de primer nivel como Armando, Manuel, Simone, Piti, David, Peña y Raudel. Lejos de quedarse en los tópicos del folclore, el álbum mezcla una cubanía viva con el latin jazz, el bolero filin, el son y la salsa. Y eso empezó a sentirse en el escenario.
Con el güiro en la mano, Arahí se metió de lleno en la salsa cubana e invitó al público a cantar el estribillo «¡Ay, sabroso!». Esta vez, la gente responde con ganas y la sala comienza a soltarse.
Después llegó uno de los momentos más emotivos de la noche. Dedica una canción a su madre, que está en Cuba, y a todas las madres presentes. Cuenta que la escribió junto al mar y convierte su letra en una metáfora del amor y de la belleza de dar vida. La nostalgia por la tierra que uno deja atrás aparece también en «Brisa mañanera», con una atmósfera más íntima y melancólica.
La música volvió a cambiar de piel cuando presentó a María, su talentosa acompañante. Al grito de «¡Vamos al lío!», arrancaron un tema con ritmo flamenco y mucha sabrosura. Más tarde llegó «5 minutos», una canción que juega con esa sensación de que el tiempo puede hacerse eterno según lo que estemos viviendo. Y con «Pulguita», el ritmo salsero invitó a imaginar a esa pequeña intrusa que se cuela en la ropa y te obliga a menear hasta el último músculo.
La presentación del trompetista Manuel Machado da paso a otro momento de brillantez musical. Su trompeta aportó sensualidad y fuerza a una actuación que sigue creciendo. El recorrido latinoamericano continúa con un homenaje a Chabuca Granda, en clave de folclore afroperuano, y otro a Fito Páez, donde la poesía de sus baladas nos lleva directamente a Argentina.
Cuando la noche pareció llegar a su fin, una mezcla de cumbia y salsa consigue lo que al principio parecía difícil: poner al público a bailar. Se encienden las luces de la sala y los asistentes se convierten en parte de la fiesta. Lo que comenzó entre copas, jazz y glamour termina oliendo a salsa de la buena, con melodías pegadizas y ese sabor caribeño que invita a olvidarse de todo por un rato.
Arahí se despidió con una enorme sonrisa. Y uno se queda con la sensación de haber viajado por Cuba y por Latinoamérica sin moverse de la sala. Porque Con toque cubano no es solo el nombre de su disco: es también la esencia de una noche que pasó de la escucha atenta a la celebración compartida.




