FERNANDO J. LUMBRERAS
Una ciudad entera parece haberse levantado alrededor de SHAKIRA. Tiene calles, escaparates, fotografías, recuerdos y una multitud que llega dispuesta a atravesar durante unas horas la biografía de una artista convertida en fenómeno global. Pero cuando cae la noche sobre Macondo City y las luces empiezan a reclamar todas las miradas, semejante arquitectura pierde importancia. Queda un escenario. Quedan las canciones. Y queda ella, en el centro de todo, enfrentándose al formidable desafío de resumir varias décadas de éxitos en poco más de dos horas.
El pasado sábado comprobamos que SHAKIRA no ha construido únicamente una gira: ha convertido su propia trayectoria en un territorio por el que puede caminar el espectador. Antes incluso de escuchar el primer acorde, Macondo City propone entrar físicamente en ese imaginario. Fotografías de distintas épocas, espacios concebidos para las redes sociales, merchandising, belleza y rincones temáticos acompañan al visitante mientras se acerca la hora del concierto. Todo responde a una misma idea: aquí no se viene solamente a escuchar a Shakira; se entra, literalmente, en el mundo que ha construido alrededor de su nombre.
Y resulta impresionante.
Después de muchos años cubriendo conciertos, pocas veces había encontrado un despliegue de semejante tamaño dedicado a ensanchar la figura de un artista más allá del escenario. Puede interesar más o menos la dimensión comercial del invento, pero visualmente funciona. Especialmente hermoso resulta ese pequeño viaje fotográfico por su carrera: mirar aquellas imágenes antiguas permite medir la extraordinaria distancia recorrida por la muchacha colombiana que escribía canciones mucho antes de convertirse en una de las grandes estrellas latinas del planeta.
La llegada al recinto, sin embargo, todavía necesita algunos retoques. El transporte público permite aproximarse razonablemente bien, mediante Cercanías o Metro hasta Los Espartales, pero determinados tramos finales presentan desniveles y zonas de tierra sin asfaltar. El sábado el cielo concedió una tregua y aquello quedó reducido a una incomodidad. Bajo la lluvia podría transformarse fácilmente en un problema, especialmente para las personas con movilidad reducida. Un recinto destinado a recibir semejante cantidad de público debería anticiparse a ello.
Una vez dentro, la maquinaria cambia de ritmo. Los controles fueron ágiles, prácticamente no encontramos colas y la distribución hacia pista y gradas resultó sencilla. El personal ayudaba a localizar cada asiento y, pese a la enorme cantidad de espectadores, la amplitud del recinto permite respirar, algo nada menor cuando decenas de miles de personas coinciden en un mismo espacio.
Existe, eso sí, otro aspecto susceptible de mejora. Durante buena parte de la espera resultaba mucho más sencillo conseguir cerveza que agua u otras bebidas sin alcohol en determinadas zonas de las gradas. Y algunas personas llegaron al comienzo del espectáculo claramente perjudicadas. Hubo escenas desagradables, incluso delante de niños, completamente ajenas al espíritu de una noche que debía pertenecer a la música. La responsabilidad última corresponde naturalmente a quien bebe sin moderación, pero una oferta más equilibrada de bebidas ayudaría a evitar situaciones que terminan molestando al resto del público.
Entonces se apagaron las luces.
Y todo lo anterior se volvió secundario.
SHAKIRA apareció para recordar por qué toda aquella ciudad llevaba su nombre.
La puesta en escena es monumental. Pantallas, músicos, bailarines, iluminación y sucesivos cambios de vestuario construyen un espectáculo visual formidable, aunque su principal virtud consiste precisamente en no sepultar aquello que importa. Debajo de toda esa tecnología existe un repertorio capaz de sostener por sí mismo la noche.
Escoger las canciones probablemente constituya uno de los problemas más deliciosos a los que puede enfrentarse Shakira. Son demasiados discos, demasiadas épocas y demasiados sencillos que alguna vez parecieron imprescindibles. El concierto consigue comprimir varias décadas de música sin producir la sensación de estar hojeando apresuradamente un álbum de grandes éxitos. Las canciones antiguas conversan con las recientes y el espectáculo avanza con un equilibrio muy inteligente entre nostalgia, baile y presente.
Sobre el escenario aparecen todas las Shakiras.
La compositora de los primeros años. La estrella que conquistó el mercado latino. La mujer que cruzó definitivamente las fronteras del idioma. La reina de los videoclips. La artista global. Y también la Shakira reciente, capaz de transformar episodios personales en canciones que inmediatamente pasan a formar parte de la conversación popular.
El tiempo, durante esas dos horas largas, parece desordenarse.
Uno puede estar escuchando una canción asociada a principios de los 2000 y pocos minutos después encontrarse dentro de uno de sus éxitos más recientes. Ese diálogo entre distintas generaciones constituye una de las grandes fortalezas del concierto. Padres, hijos, veinteañeros y espectadores que llevan escuchándola desde hace décadas terminan reconociéndose en algún rincón diferente del repertorio.
Y después está el cuerpo.
Porque resulta imposible explicar un concierto de Shakira únicamente desde la música. Su manera de moverse forma parte de su lenguaje artístico tanto como su voz. Cuando se desliza por el escenario, cuando se tumba, cuando dibuja con las caderas movimientos reconocibles inmediatamente por millones de personas, sucede algo parecido a encontrarse frente a frente con una imagen que durante años solo existió detrás de una pantalla.
Es SHAKIRA sin intermediarios.
No la miniatura de YouTube. No el videoclip. No el fragmento de quince segundos recorriendo una red social. Está allí, delante del público, reproduciendo y reinventando una iconografía que ella misma ayudó a crear.
Y funciona porque existe espontaneidad dentro de una producción que, necesariamente, está medida al milímetro. Shakira se permite jugar, provocar al público, dejar que algunas canciones respiren y conceder pequeños espacios a la improvisación. El espectáculo mantiene así una difícil sensación de cercanía dentro de unas dimensiones gigantescas.
También respondió el sonido. La banda imprime músculo a las canciones y consigue que el directo aporte algo diferente respecto a las grabaciones. Esa diferencia resulta fundamental. Si un concierto se limita a reproducir con fidelidad quirúrgica aquello que cualquiera puede escuchar en una plataforma, pierde parte de su razón de ser. Aquí existe otra textura. Más física. Más poderosa. Más viva.
Hasta que apareció ALEJANDRO SANZ.
Y entonces la noche encontró su instante.
“La tortura” posee ya ese extraño privilegio reservado a determinadas canciones: apenas necesita presentación. Los primeros compases bastaron para provocar una reacción inmediata. Dos artistas unidos a una de las colaboraciones más reconocibles del pop latino volvían a compartir escenario, y durante unos minutos Macondo City dejó de parecer un recinto gigantesco para convertirse en un enorme coro.
Pero todavía guardaban una carta.
Sonó “Corazón partío”.
Y aquello fue otra cosa.
La canción perteneciente a Más, el álbum que transformó definitivamente la carrera de Alejandro Sanz, apareció inesperadamente en mitad del universo de Shakira. Bastaron unas notas para que miles de voces entraran al mismo tiempo. Resultaba imposible permanecer fuera de aquello. También quien firma esta crónica terminó cantando.
Ese fue el momento en el que el concierto alcanzó algo que ninguna pantalla gigantesca puede fabricar: emoción colectiva.
No fue necesariamente el instante de mayor volumen ni el más espectacular visualmente. Fue mejor: resultó irrepetible. La sensación de estar asistiendo a algo que pertenecía exclusivamente a aquella noche.
Después, Shakira todavía tenía munición suficiente para mantener el pulso del concierto. “Loba” devolvió toda la atención a su dimensión física y la recta final terminó desembocando en la sesión con Bizarrap, convertida ya en una pieza imprescindible de su repertorio reciente. Para entonces el público estaba completamente entregado. La canción llegó con toda la instrumentación del directo y cerró el círculo entre la Shakira que conquistó el mundo hace décadas y la artista que continúa encontrando nuevas maneras de ocupar el presente.
Quedaba resolver una cuestión que había circulado durante los días anteriores: el supuesto playback.
Desde nuestra posición y atendiendo exclusivamente a lo escuchado durante el concierto del sábado, no percibimos ningún momento en el que pudiera afirmarse claramente que SHAKIRA estuviera utilizando playback. Su voz comenzó algo más frágil, ligeramente renqueante, pero nunca hasta el extremo de comprometer la actuación. Más bien sucedió lo contrario: vocalmente fue creciendo a medida que avanzaba el espectáculo.
Y precisamente esas pequeñas imperfecciones del comienzo reforzaron la sensación de estar escuchando una voz real.
Un directo también es eso. Respiración, esfuerzo, movimiento, cansancio, recuperación. Shakira canta mientras sostiene además una exigencia física considerable y terminó resolviendo las partes más comprometidas con la experiencia de quien lleva media vida aprendiendo a dominar escenarios gigantescos.
Cuando finalmente se abandona Macondo City resulta fácil quedarse atrapado en todo lo que rodea al fenómeno. El precio de una camiseta. Las fotografías. Los espacios temáticos. Los accesos. Los vídeos destinados a Instagram. La cerveza. Las enormes pantallas.
Pero todo eso es periferia.
En el centro continúan estando las canciones.
Y el sábado Shakira recordó que posee una cantidad extraordinaria de ellas.
Canciones capaces de hacer convivir épocas diferentes en una misma noche. Canciones que algunos espectadores descubrieron siendo adolescentes y que ahora cantan acompañados por sus hijos. Canciones recientes que probablemente dentro de veinte años provocarán en otros la misma nostalgia.
Quizá esa sea la verdadera medida de una carrera.
Cuando las últimas luces se apagaron, Macondo City siguió allí, gigantesca, brillante, construida alrededor de SHAKIRA. Pero durante algo más de dos horas ocurrió justamente lo contrario:
fue SHAKIRA quien construyó una ciudad alrededor de sus canciones.




