FERNANDO J. LUMBRERAS
La felicidad también tiene una fórmula química. Se llama anandamida, una molécula vinculada a las sensaciones de bienestar y placer que ahora presta su nombre al nuevo territorio musical de SÔBER. La banda liderada por Carlos Escobedo regresa con Anandamida, un álbum de once canciones con el que vuelve a ensanchar las fronteras de su sonido sin desprenderse de ese ADN oscuro, poderoso y emocional que acompaña al grupo desde sus primeros pasos en 1994.
El disco reúne “Anandamida”, “Mi refugio”, “Dile al miedo”, “Indestructible”, “Efímero”, “En la orilla”, “Cae el telón”, “Círculo rojo”, “4 paredes”, “Infinito” y “El beso de Judas”, once piezas concebidas como diferentes estaciones de un mismo recorrido interior. Más que buscar una ruptura con su pasado, SÔBER parece interesado en dialogar con él, conservando la contundencia de las guitarras y la intensidad melódica que han definido su trayectoria mientras incorpora ambientaciones y texturas que acercan su propuesta al lenguaje del rock contemporáneo.
La canción que da título al álbum funciona como puerta de entrada a ese nuevo paisaje. “Anandamida” concentra buena parte de las intenciones del disco: músculo instrumental, melodías reconocibles y una producción que abre espacios para que aparezcan nuevos matices. Es SÔBER mirando hacia delante sin necesidad de borrar sus propias huellas, consciente de que evolucionar no significa necesariamente abandonar aquello que convirtió a una banda en reconocible.
Ese impulso ya había comenzado a mostrarse en “Mi refugio”, “Dile al miedo” e “Indestructible”, los tres sencillos escogidos como adelanto del trabajo. Las canciones anticipaban una producción especialmente cuidada, firmada conjuntamente por Alberto Seara y Carlos Escobedo, y una búsqueda sonora que apuesta por una mayor amplitud de registros. El resultado pretende equilibrar la contundencia histórica del grupo con una sonoridad más fresca, vibrante y afilada, capaz de convivir con las transformaciones experimentadas por el rock internacional durante los últimos años.
Pero Anandamida no se sostiene únicamente sobre las guitarras. Buena parte de su profundidad nace en las palabras. Carlos Escobedo firma unas letras marcadamente introspectivas, construidas alrededor de preguntas, contradicciones, imágenes y dualidades. El miedo y la resistencia, lo efímero y lo infinito, el refugio y el aislamiento aparecen como polos de una escritura que se interna en zonas emocionales donde las respuestas no siempre resultan evidentes. Algunas composiciones adoptan incluso un carácter deliberadamente críptico, dejando al oyente la posibilidad de completar sus significados.
En ese juego de contrarios se encuentra una de las claves conceptuales del álbum. Hasta sus títulos parecen conversar entre ellos: “Efímero” frente a “Infinito”, “Mi refugio” frente a “4 paredes”, la fragilidad frente a la condición “Indestructible”. SÔBER convierte así el disco en una exploración de estados de ánimo, como si aquella molécula de la felicidad anunciada en el título fuese menos una respuesta que una búsqueda. Una sustancia invisible que aparece y desaparece entre las grietas de cada canción.
Especial significado adquiere precisamente “Indestructible”. Más allá de funcionar como uno de los cortes del álbum, la palabra encaja con el momento de una formación que lleva más de tres décadas atravesando transformaciones musicales, cambios generacionales y mutaciones dentro de la industria. Desde 1994, SÔBER ha construido su camino disco a disco, defendiendo una personalidad que ha conseguido sobrevivir al paso del tiempo sin quedar encerrada en él.
Anandamida encuentra ahora a la banda en otro de esos cruces de caminos. Las guitarras continúan ocupando el centro del escenario, pero alrededor de ellas aparecen nuevos colores, atmósferas y espacios sonoros. No se trata de renunciar a la memoria, sino de utilizarla como punto de partida. Después de tantos años, SÔBER parece entender que la verdadera permanencia no consiste en permanecer inmóvil.
Quizá por eso la molécula elegida para bautizar el álbum resulte especialmente sugerente. La anandamida está asociada al bienestar, pero el disco no parece perseguir una felicidad ingenua o luminosa. Sus canciones recorren el miedo, la incertidumbre, las heridas, la resistencia y la necesidad de encontrar un lugar propio, hasta dibujar una idea mucho más compleja de aquello que significa sentirse vivo.
Más de treinta años después de comenzar su historia, SÔBER vuelve a enchufar las guitarras con la mirada puesta en el siguiente horizonte. Anandamida no pretende cerrar ninguna etapa: abre otra. Y mientras sus once canciones empiezan a encontrar su lugar, la banda continúa avanzando con una palabra resonando entre los amplificadores: indestructible.




