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Así ha sido el espectacular show de Bad Bunny en la LX Superbowl

Lo que ocurrió este domingo en Santa Clara, California, durante el descanso de la Super Bowl, fue mucho más que un espectáculo musical. Fue un acto de afirmación, una declaración de identidad y una sacudida simbólica en el mayor escaparate del entretenimiento global. Bad Bunny hizo historia al protagonizar el primer Halftime Show hablado íntegramente en español en los más de 60 años del evento, transformando esos trece minutos en una odisea emocional y política sobre Puerto Rico, la diáspora latina y la idea misma de América.

El escenario fue una fantasía urbana entre el Viejo San Juan y Nueva York: palmeras, cañas de azúcar, barberías, dominó, uñas pintadas y una licorería con un rótulo tan simple como revelador: “Conejo”. Allí, vestido de blanco impoluto y sosteniendo un balón de fútbol americano, Bad Bunny levantó su particular touchdown cultural al grito de “Seguimos aquí”, mientras sonaba de fondo DtMF y el estadio se rendía —no sin tensiones— a un relato que no suele ocupar ese espacio.

Rodeado por un cuerpo de baile que portaba las banderas de todos los países latinoamericanos, el artista alzó la de Puerto Rico bajo un mensaje inequívoco grabado en cuero: “Juntos somos América”. Fue el broche de un show tan fulgurante como imaginativo, que incluyó una boda real sobre el escenario, un niño dormido entre las mesas —como en cualquier celebración latina auténtica— y colaboraciones inesperadas. Lady Gaga apareció para reinterpretar Die with a Smile en clave salsera junto al conjunto puertorriqueño Los Sobrinos, antes de fundirse con el anfitrión en un baile inolvidable. Ricky Martin, en un gesto de respeto generacional, aportó el eco de quienes allanaron el camino, interpretando Lo que le pasó a Hawaii acompañado de un cuatro.

El reguetón primigenio también tuvo su altar, con guiños a La gasolina de Daddy Yankee y Dale Don Dale de Don Omar. Las pantallas del estadio escupían una palabra en mayúsculas: PERREO, mientras sonaban Tití me preguntó y Yo perreo sola. En las gradas, un público mayoritariamente blanco reaccionó con cierta frialdad, ajeno quizá a la carga simbólica de un espectáculo que, por primera vez, no pidió permiso ni tradujo su mensaje.

“Si hoy estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí mismo”, dijo Benito Antonio Ocasio Martínez, el chico de Vega Baja que desde hace una década pulveriza récords en la música en español. Uno de los momentos más conmovedores llegó cuando entregó uno de sus premios Grammy a un niño que evocaba tanto a su yo infantil como a Liam Conejo, símbolo reciente de la brutal política migratoria estadounidense. El apagón, interpretado desde lo alto de un poste de luz, recordó al huracán María, al abandono institucional y a la gentrificación que expulsa a los suyos. Bad Bunny no canta desde la distancia: es hijo directo de esas heridas.

No tardó en llegar la reacción política. Donald Trump calificó el espectáculo de “terrible” y “repugnante”, criticando el uso del español y el baile, en un ataque que terminó funcionando como confirmación involuntaria del impacto del show. Mientras sectores conservadores promovían un “intermedio exclusivamente estadounidense” alternativo, el contraste entre ambos espectáculos dejó al descubierto la fractura profunda de un país dividido entre el miedo al cambio y la celebración de la diversidad.

La NFL, tradicionalmente cauta con la política, volvió a situarse en el centro del debate al apostar por Bad Bunny. Y el artista, lejos de esquivar la polémica, la abrazó. Días antes ya había ironizado en Saturday Night Live: “Aún tienen tiempo para aprender español”. El domingo, ante 130 millones de espectadores, convirtió esa frase en realidad.

Más que un concierto, fue un acto de resistencia. Un recordatorio de que el español también conquista templos simbólicos, de que bailar puede ser político y de que América es mucho más amplia que sus fronteras oficiales. Bad Bunny no solo actuó en la Super Bowl: redefinió su significado.

Mira aquí la actuación completa

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