FERNANDO J. LUMBRERAS
LUZ CASAL vuelve a demostrar que es una artista imposible de encasillar, una creadora que se mueve por impulsos, por emociones, por ese latido íntimo que la ha convertido en un icono indestructible de la música en español. Su nuevo álbum, ‘Me voy a permitir’, no es un disco de versiones ni un trabajo completamente inédito, y justamente ahí, en esa tierra de nadie, es donde encuentra su fuerza: diez canciones como diez espejos donde se refleja una artista que ya no tiene nada que demostrar, pero sí muchísimo por contar. La Luz que aparece aquí se permite brillar sin pedir permiso, desordenar las etiquetas, abrir ventanas y romper cerraduras. La Luz que se permite ser mujer, cronista, fado, rock, consuelo, herida y desafío, siempre en estado de gracia.
El viaje comienza con ‘Nada es imposible’, inspirada en el lema de la escritora Noah Higón. La canción levanta un himno íntimo, un pulso de metal y esperanza que Luz interpreta con la determinación de quien ha aprendido a sobrevivir a base de fe y terquedad: «Cuando todos dicen ‘no puedes’, / yo lo intento el triple de veces». Le sigue ‘¿Qué has hecho conmigo?’, una pieza pop irresistible, chispeante, que funciona como carta de presentación del disco y destila esa mezcla de elegancia y contundencia tan característica en ella.
La primera de sus reverencias llega con ‘Lágrima’, el fado inmortal de Amália Rodrigues. Aquí la voz de Luz se vuelve seda contenida, cuchillo envuelto, sobre la guitarra portuguesa que la acompaña. Es un homenaje íntimo, una flor dejada en la puerta de todas las mujeres que antes abrieron camino y a las que este álbum, en parte, rinde tributo. Ese gesto inicial germinó en un proyecto que, con el tiempo, fue abriéndose y acogiendo canciones nuevas, propias, inevitables.
En ‘Parece ser’, Luz se hace cronista del mundo contemporáneo. La canción lanza versos afilados como bengalas en la noche, luciendo una mirada crítica que no se esconde y que danza entre percusiones y metales: «Parece ser que se miente mucho más que se habla / y que el mundo se ahoga en un mar de pantallas».
El corazón del disco late con ‘Me voy a permitir’, una de las piezas más descaradas y rockeras de toda su trayectoria. Luz se despoja de protocolos y proclama a viva voz su derecho a no encajar: «Me voy a permitir ser mediocre, macarra, prepotente, chabacana y vulgar». Es su manifiesto, su carcajada, su libertad absoluta, un pequeño terremoto que recuerda que ella nunca ha sido una más.
Después llega ‘Todo cambia’, clásico eterno asociado a la voz inmensa de Mercedes Sosa. Luz lo hace suyo sin forzar, con la serenidad de quien respira el tiempo y transforma lo conocido en materia íntima. La canción vuelve a erguirse como un faro de resistencia, una llama que no se apaga.
En ‘Bravo’, la artista aborda la balada de Luis Demetrio con la sobriedad justa y ese filo emotivo que solo ella sabe manejar. El reproche se vuelve dignidad, la herida se afina hasta despertar algo hondo, universal. Sin abandonar México, se adentra luego en ‘Te mereces un amor’, de Vivir Quintana, donde Luz juega con registros suaves, casi de nana, antes de estallar con una fuerza emotiva que desborda el tema.
La única colaboración vocal del disco llega con ‘Ella’, de Charles Aznavour, donde Carla Bruni trenza un diálogo elegante y delicado, dos voces cruzando un puente de complicidad franco-española sobre una de las melodías más queridas de la chanson moderna.
El álbum se cierra con ‘El blues de la cebolla’, una pieza rugosa, terrenal, firmada junto a Pablo Sycet y compuesta por Chris Barron. Producida por Paul “Wix” Wickens y acompañada por un solo memorable de Robbie McIntosh, la canción late como un manifiesto feminista y vital: crudo, honesto, lleno de cicatrices brillantes.
Son diez canciones, diez vértices de un mosaico que confirma algo que a estas alturas ya sabemos, pero que ‘Me voy a permitir’ vuelve a revelar como si fuera la primera vez: LUZ CASAL es una artista única, instintiva, salvaje, sin moldes. Capaz de habitar cada canción como si fuera un país nuevo. Capaz de crear puentes entre pasado y futuro. Capaz, en definitiva, de recordarnos que la verdadera libertad no se anuncia: se ejerce.




