LUIS COBOS le brinda a México una noche apoteósica en el Teatro Real de Madrid

FERNANDO J. LUMBRERAS.

Hay un México que canta y que ríe, un México de altares y flores, de mariachis y lloronas, de trompeta y guitarrón, de compases de magia y de historias que susurran tiempos memorables a cualquier viajero dispuesto a escuchar. Y un poco de ese México se dejó ver anoche en Madrid, con su incomparable explosión de alegría y sus canciones henchidas de melancolía y de color a partes iguales.

Así las adornó Luis Cobos, con una extraordinaria compañía, con una orquesta, la Europe Symphony Orchestra, que captó desde el principio el espíritu de México, con el Mariachi de Tecalitlán haciendo las veces de puente mágico para unir las dos riveras del Atlántico, con la compañía de Pitingo que se creció compás tras compás y las voces divinas de Ana Alcaide y Claudia Serra, que engalanaron la noche en el Teatro Real entre coros y solistas.

La ocasión era perfecta. Como fino sastre, Luis hilvanó un repertorio contundente y muy elaborado con su sello personal, se le vio entusiasmado, seguro. Concentrado como estaba, esas canciones solo podían estar vestidas de alma, y así desfilaron, regias, aplaudidas, sencillas pero al mismo tiempo adornadas por multitud de instrumentos en un mosaico de brillantez.

Se palpaba la exigencia canción tras canción, las horas de trabajo, la calidad de las casi doscientas personas que llenaban en ocasiones por completo el escenario del Teatro Real. Y todo comenzó con una fanfarria que supo a obertura, al regusto de todo lo que estaba por suceder.

Dos horas navegando por México, por sus canciones, por lo variado de sus ritmos y lo desenfadado de su folclor. Mosaico adornado de voces bien templadas, con la orquesta vistiéndolas de gala, haciéndolas tan cercanas que, en realidad, eran un poquito nuestras.

El propio Luis cedió la batuta para mostrar el registro aterciopelado del saxofón, con las notas apretándose frenéticas mientras el todo se rendía para acabar en un solo que culminaba inesperado más cerca del jazz que de los ritmos latinos. Pero no tardamos en regresar al país azteca, a cantar las mañanitas para las madres que celebraban su día, a entonar entre los labios sones que podíamos reconocer. Era la noche que Luis soñó, la que muchos esperábamos contemplar.

Implicado, como siempre ha estado, en causas sociales, la velada de ayer en el Teatro Real también tuvo su parcela de reivindicación para ese colectivo de personas con enfermedades raras que, agrupados en torno a FEDER, piden, con justa razón, recursos para mejorar su calidad de vida, sean cuales sean sus circunstancias o dolencias.

Noche mágica, noche de México y, sobre todo, la noche de Luis. Tres facetas de un mismo espectáculo que encontraron el mejor de los escaparates posibles.