FERNANDO J. LUMBRERAS.

Madrid se rendía anoche a un conjunto de artistas que están llamados a convertirse en auténtico santo y seña de la música latina tradicional: Luis Enrique y los chicos de C4 Trío.

Del nicaragüense puede escribirse mucho. Tremendo músico, con un directo absolutamente brillante y una de las voces salseras más respetadas del actual panorama. Canciones como Autiobiografía son retratos de un artista que salió de su país con los primeros compases de los totalitarismos de izquierda, que fue un indocumentado en los Estados Unidos y que hoy disfruta del respaldo de los músicos latinos más importantes del mundo.

C4 Trío es la quintaesencia de la música tradicional venezolana y, por lo que vimos ayer, el complemento necesario para unas canciones absolutamente memorables que pasearon por el Teatro Alcázar a un ritmo vertiginoso. Lo de estos cuatro chicos es una auténtica muestra de virtuosismo que no me quería perder y que no defraudó a nadie.

El concierto empezó a una hora prudente —lo cual es siempre de agradecer—, arrancó con una frenética sucesión de solos, con los instrumentos sucediéndose unos a otros sin pausa, sin añadidos. Tendrían que pasar unos minutos para que Luis Enrique, de negro riguroso, saltara a escena y sorprendiera a todos con su voz inconfundible, con canciones que todos conocíamos y que en estas nuevas versiones se hacían si cabe más orgánicas.

Lo que en un principio fue música, se fue convirtiendo en la reivindicación que hemos escuchado siempre: la tan necesaria libertad para Venezuela y para Nicaragua, empobrecidas, ahogadas y torturadas por ese socialismo del siglo XXI tan trasnochado como peligroso.

La música triunfó, las ganas de cantar a los recuerdos se impusieron y cuando nos quisimos dar cuenta ya estábamos cruzando el ecuador del concierto con la emoción a flor de piel, sentados cómodamente aunque sintiendo en más de una ocasión la tentación de levantarse y bailar.

Tiempo al tiempo es un show completo, una de esas propuestas que tenía que recalar en nuestro país por compromiso de esta geografía con la buena música. Allí estaban, para dar buena cuenta de lo que vimos, la canaria Rosana, Antonio Carmona o el cubano Julio Fowler.

Y les confieso que no eché de menos la música urbana sino que salí con ganas de reivindicar la música más orgánica, la que construye puentes generacionales, la honesta y reivindicativa, la que define y redefine tierras de gentes extraordinarias.