La voz total de la música española

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FERNANDO J. LUMBRERAS.

La última vez que tuve ocasión de ver a Camilo Sesto fue en la sede de la SGAE, hace algún tiempo ya. Allí estábamos mi amigo Óscar Lafox, haciéndole fotografías, y un servidor con muchas ganas de escucharle contar anécdotas y chismes de este mundillo de la música patria con ese particular gracejo que tenía.

Camilo tenía ese halo de estrella que nunca le abandonó. Su voz potente, su forma de narrar las cosas y la expectación que levantó su presencia, me demostraba sin duda ninguna que la historia de la música en nuestro país tenía en aquel hombre pulcramente trajeado, cuya mirada azul se escondía tras unas gafas de sol, un referente incuestionable.

Yo vine a descubrirle siendo niño, con mis padres, por supuesto, con mi madre especialmente, que siempre le tuvo entre sus artistas predilectos. Entonces no sabía la inmensidad de esta gran estrella, pero el tiempo me lo fue enseñando y yo fui siendo consciente de que me había perdido su etapa más dorada, la segunda mitad de la década de 1970, la que le había encumbrado como una de las voces imprescindibles. Aún cantaba, aún se presentaba en escenarios de todo el mundo pero la movida madrileña significó el ascenso de otros artistas, de otros grupos, de otros excesos, y Camilo siguió ahí, en ese trasfondo de la música de otra generación, cantando a amores eternos, a la pasión algo casta pero con trasfondo picarón.

El nombre de Camilo siempre estará ligado a Jesucristo Superstar. El musical de Andrew Lloyd Weber no hizo sino confirmar su estrella. Fue uno de los grandes retos de su carrera y del que siempre se sintió particularmente orgulloso. No había recopilatorio en que no apareciera Ayudadme, una pieza en la que medía sin fitrar virtuosismo, voz templada y magistralidad.

Casi nos dio la sensación de que Camilo llevaba mal envejecer, aunque él dijera abiertamente que era algo inevitable y a lo que tenía que acostumbrarse. Se sometió a una inquietante cirugía estética pero musicalmente también pareció querer sumarse a los tímidos primeros instantes de lo millennial con ‘Mola Mazo’. Tenía canciones tan inmensas antes, que ese disco casi sonaba grotesco y algo friki.

Por intentar, su propio hijo con un timbre de voz que recordaba ciertamente al de su padre, intentó abrirse paso en el mundo de la música. El disco era bueno, la sombra de su padre demasiado alargada.

Hoy se apagó su voz, pero esas canciones se han hecho inmortales. Todavía recuerdan quienes le conocieron cómo El amor de mi vida se grabó del tirón en unos conocidos estudios madrileños después de que el máster inicial se borrase accidentalmente y el artista se empecinara en sacar adelante el tema.

Es el artista definitivo del último cuarto de siglo XX en la música española, sin duda ninguna y en América todo un fenómeno social. Hoy es una estrella entre las estrellas