FERNANDO VELÁZQUEZ reivindica las orquestas y el cine español en un concierto lleno de amigos

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    FERNANDO J. LUMBRERAS.

    Aunque se retransmitía por la 2 de TVE, no quise perder la oportunidad de estar allí para verlo de primera mano, para escucharlo con los cinco sentidos, y de hecho, antes de que arrancara la primera de las canciones, caí en cuenta lo tremendamente incómodo que es el Teatro Monumental para gente que pasa del metro ochenta de estatura (uno no sabe qué hacer con las piernas).

    Sin resolverse el tema del confort, me di cuenta de que la sala estaba hasta arriba, que se habían dado cita incontables amigos del compositor vizcaíno, amigos de profesión, actores y directores que querían estar ahí. Ya me di cuenta entonces que el concierto no sería solo una breve exposición de la brillante trayectoria de Fernando Velázquez, sino una reivindicación en toda regla de nuestro cine, de la música de nuestro cine y de las orquestas de música clásica, siempre en la cuerda floja de los vientos que las subvenciones y el apoyo estatal moviliza con desigual énfasis respecto a otras manifestaciones «artísticas».

    En lo estrictamente musical, el concierto me pareció tremendamente entretenido, pero el programa era, en general, justito. Con un buen inicio, la cosa se adormeció cuando entró Zahara para cantar un tema que me resultó algo monótono. Habíamos visto momentos de una gran viveza creativa en el escenario, magníficos coros y una puesta en acción más que buena, no entendí ese corte tan tremendo en el ritmo que, sin embargo, se arregló con el tema siguiente, en que volvimos a la senda de la música más luminosa como si al ambiente le hubiesen dado su descarga de desfibrilador porque alguien había intuido que estaba decayendo.

    Y llegó el estreno de la banda sonora de Lo nunca visto, con una viveza e inspiraciones de la música africana que a más de uno puso a bailar. Qué compases tan fantásticos, qué soltura para asomarse a otros conceptos musicales tan lejanos y, al tiempo, tan cercanos.

    Y llegó el punto álgido cuando menos lo esperé, cuando el violonchelo que tan bien conoce Fernando comenzó a arrancar notas a Lo Imposible casi con la misma rapidez con la que se me aguaron los ojos porque, a qué negarlo, la música de esa película en concreto me parece de las más brillantes del cine español de los últimos 60 años, que es decir mucho. Espectacular, mágica, absolutamente arrebatadora y, en mi caso, lacrimógena.

    Pero si algo demostró el director es su gusto por jugar con canciones rápidas, con fanfarrias de cadencias no demasiado largas y de amplia instrumentación. Acabó la fase intimista y regresó a sus trabajos de comedia, primero blanca, con Zipi Zape y el Club de la canica, y luego negra, con Sexykiller, cuya interpretación me pareció absolutamente extraordinaria. Eso sí, por el camino se asomó Un Monstruo viene a verme, la partitura con la que el vasco recibió su primer Goya, también con Bayona en la dirección del largometraje, su gran valedor.

    Concierto en general correcto, que tuvo momentos reivindicativos importantes para las orquestas en más de una ocasión. Velázquez pidió que fuésemos a verlas, que ese hecho era imprescindible para su supervivencia y entre un Over the rainbow que no era suyo y el tema central de Hércules que él compuso y que, a modo de bises, cerraron el show, me quedé con las ganas de haber escuchado menos a Zipi y Zape y más a otras partituras que creo que han dibujado mejor y con más acierto el perfil del compositor al tiempo que atraen más al cinéfilo.