ROBERTO CARLOS consolida en Madrid el triunfo de la canción eterna

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    FERNANDO J. LUMBRERAS.

    La última vez que Roberto Carlos (Cachoeiro de Itapemirim, Espítito Santo, 1941) pisó un escenario en nuestro país, quien escribe estas líneas recién comenzaba 1º de EGB. Él ya era una leyenda viva de la música latina, el mundo ya había descubierto y disfrutado de las canciones que le convirtieron en el único artista brasileño que podemos decir que triunfó en España y, por fortuna, tuve vida suficiente para ir encontrándome con su gato triste y azul, con Lady Laura o con ese rosario de metáforas y romanticismo que hablaban de lo que, por mucho tiermpo, no se pudo hablar en este país.

    Anoche regresó el Roberto Carlos de siempre para hacer triunfar las canciones eternas, aquellas que navegan en la quintaesencia de la balada latina con melodías sencillas y letras en las que el romanticismo se vuelve barroco para sonar cálido, cercano y tierno.

    Mucho se puede decir para explicar por qué el compositor de Cóncavo y convexo triunfó en España y no lo hicieron otros brasileños que vinieron después. La clave está, a mi parecer, en lo bien que adaptó su música con el castellano. Roberto era consciente de la dificultad de este mercado, de los grandes nombres que había aquí cuando él tenía casi que empezar de cero en esta piel de toro. Se dejó aconsejar bien, aparcó las idiosincrasias brasileñas que aquí no se radiaban en ninguna parte pero, con todo y con eso, supo ser él mismo. Entendió que el nexo común de sus canciones con las que triunfaban cuando llegó era el mismo amor, el mismo sentimiento.

    El de anoche fue un concierto de esos a los que podríamos poner la etiqueta de Imprescindibles. La edad del artista (ya casi en los 78) hace suponer que no tendremos muchas más oportunidades de verlo en directo en estas latitudes, por eso lo de ayer fue el todo o nada y eso creo que también lo entendió el propio cantante, que hilvanó sus éxitos con el acostumbrado romanticismo, con las introducciones de las canciones en las que se soslayaba la trayectoria exitosísima y el regusto de un adiós que, ojalá, no se materialice.

    Con una voz espectacular y firme, el maestro de la balada brasileña se le midió al castellano y a su lengua materna para construir sus canciones con la letra de las dos riberas del Atlántico. Gustó a todos. Su incombustible firmeza nunca se fue, el reencuentro del público con sus canciones más conocidas fue tan dulce como las canciones en sí mismas, con un anecdotario que le reforzaba como leyenda, con recursos muy bien traídos para que el profano —que no había demasiado, todo sea dicho— entendiera de dónde salieron esas historias memorables. Con un Wizink lleno hasta la bandera, Roberto ganó antes siquiera de salir a cantar, por eso se lo tomó con calma, con esa pausa muy latina que precede al desmedido apasionamiento que viene después, por eso nos fuimos metiendo en situación con la intro de seis minutos de la orquesta y por eso, al más puso estilo de un musical de Broadway, Roberto apareció como el sempiterno galán de azul y blanco y comenzó a cantar sin dudas, sin agradecimientos, pero ya enloqueciendo a propios y a extraños.

    Y así supo llevarse las ovaciones de la noche y nos enseñó a extrañarle en la abundancia de grandes canciones, aunque fuese —fuésemos— conscientes de que echábamos de menos su música en términos más que razonables.