DADDY YANKEE pone en un Wizink Center abarrotado la corona al reguetón

FERNANDO J. LUMBRERAS.

Elogiado por unos y vilipendiado por otros, es innegable que el reguetón mueve montañas. Anoche lo vimos. Vimos a más de 15 mil personas coreando y cantando las canciones del que todos dicen —con justa razón— que es el rey del género. Ramón Luis Ayala o, lo que es lo mismo, Daddy Yankee (San Juan, 1977) no es solo un cantante que vino a revolucionar hace 15 años su barrio y las discotecas de medio mundo con ritmos que entonces eran casi marginales, es todo un fenómeno de la música que ni los más viejos en estas lides saben explicar. Simplemente pasó.

Ritmos contundentes, electrónica sonando desaforada, más bien escaso arco melódico en la voz pero una capacidad innegable de generar canciones que uno tararea por repetición y que se hacen éxito cuando las redes sociales y una gigantesca campaña de marketing las coloca en todas partes. Supongo que esas son las pinceladas del más urbano de los géneros vistas por los profanos, los entendidos lo abordan desde otro punto de vista, el de la juventud y los accesos ilimitados a una marea de contenidos que hace 20 años eran impensables, maneras de conectar que traspasaron fronteras o la globalización de la música en su estado más puro.

Ayer había mucho español dejándose influenciar por lo latino. Era como si ni uno solo de los adolescentes de esta ciudad quisiera perderse la oportunidad de ver a Daddy Yankee en acción. Y el show estuvo a la altura de lo esperado. Hubo fuego, hubo ritmo, lluvia de chispas y las canciones que se sucedían ante el alboroto popular y el corear de estribillos y rapeos.

No cabía ni un alfiler en el coliseo madrileño de los conciertos masivos. Desde media tarde, las colas eran largas, el calor apretaba y los cánticos se entremezclaban con algún que otro himno de los seguidores del Liverpool que, trasnochados, celebraban aún la Copa de Europa ganada la noche anterior. Allí todos se entendían bajo el sol. Pero he aquí que las puertas vinieron a abrirse y llegaron las carreras, los apretones, las requisas… Cuando entramos los medios, solo había un océano de cabezas que ya habían disfrutado de sesiones de DJ y de artistas invitados, de los amigos del Jefe. Y el Jefe no tardó en aparecer.

15 años habían pasado desde que la industria le coronó rey del género y ahí estaba, disfrutando, sonriente, desatando sus canciones casi sin pausa, o con las palabras justas para despertar gritos o piropos. Madrid se rendía al reguetón y la organización cumplía el sueño de llenar un recinto exigente como es el Wizink Center. No faltaron éxitos, no faltó el baile… a decir verdad, parecía que no faltó nadie.

Hace un par de años tuve la fortuna de entrevistar a Daddy Yankee y constaté entonces su humildad fuera de los escenarios, sus ganas de hacer música y las vicisitudes de una vida compleja y no desprovista de algún que otro sobresalto. Anoche, esa música fluyó sola, como una marea de ritmo. Las ganas de hacer canciones no solo siguen intactas sino que su propio artífice sigue buscando la experimentación y los sonidos más rompedores, quizás los que ha ido descubriendo a fuerza de echar la vista atrás, de reconocerse como una artista influyente y, desde la humildad, admitir que hace canciones porque le gusta hacerlas. Sin más.

Lo de anoche fue el triunfo de un género demonizado muchas veces pero, ¿no lo fue acaso el rock n’ roll en los años 50 del siglo pasado y hoy no podemos hablar de la música del siglo XX sin mencionarlo? Veamos, y el tiempo nos lo dirá, por dónde andan las tendencias, hoy que en la música es donde, con toda seguridad, menos fronteras han existido siempre.