Un ARJONA más exclusivo que nunca deja en blanco a las plataformas de streaming con su nuevo disco

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FERNANDO J. LUMBRERAS.

Hoy era el día, la nueva experiencia artística de Ricardo Arjona, que lleva por nombre Blanco salía a la luz después de semanas de espera, de reportajes, de extraordinarias fotografías en redes sociales que iban a conformar una exposición itinerante… Ahora todo se ha quedado en un decepcionante espacio al que tienen acceso unos pocos para escuchar canciones que traen sonidos muy repetitivos, ahondando en las mismas metáforas y, sobre todo, dejando un regusto de exclusividad a mi juicio innecesario cuando todo se está haciendo global.

Blanco no está en ninguna plataforma de streaming, no puede comprarse en formato físico. Los nostálgicos de tener discos no tendremos por el momento derecho a disfrutar de este trabajo porque un equipo creativo se empeñó en que teníamos que comprar una membresía a una página web o descargar una app a nuestros dispositivos móviles (triste precedente). A veces, lo estrictamente exclusivo resulta ser un patinazo estrepitoso, y no pocos ejemplos hemos visto en el mundo del espectáculo y del entretenimiento.

De Blanco solo hemos podido escuchar «en abierto» dos canciones que, la verdad, me han dejado un regusto a más de lo mismo, a repetición de armonías ya escuchadas, a un oscurantismo musical en el que Ricardo hace ya muchos discos que se estancó y del que seguiré esperando con paciencia que salga. Atrás quedaron discos más luminosos como Galería Caribe, más majestuosos como Si el norte fuera el sur (a mi juicio su obra maestra) o si cabe mejor llevados, como Metamorfosis.

Mucho me temo, a tenor de lo que escuché, que de Blanco y de Negro nos vamos a quedar con la experiencia de haber sido grabados en un estudio único, el gran Abbey Road londinense, porque en lo musical, sería deseable la exploración de nuevos senderos, en vez de camuflar lo ya escuchado con experiencias multimedia, y demás parafernalia que, sí, son visualmente hermosas pero no dejan de ser atmósferas de humo que camuflen algún que otro punto débil.

Hace unos años —Ricardo estrenaba Santo Pecado— tuve ocasión de conversar unos minutos con él y recuerdo que me comentaba que sus canciones buscaban cómplices. Hoy, con un disco encerrado en una plataforma personal y casi de élite, revestidas de adornos visuales y de experiencias multimedia, siento que ha faltado a ese pensamiento. Ahora parecen ser los fans los que buscan sus canciones y no al revés. Parece que el artista protesta se hubiese rendido a las robustas consideraciones del marketing más que a la tendencia de hacer de la cultura un espacio de todos y para todos. Hoy saca un disco llamado Blanco y en blanco me ha dejado.