Acordes locos para tiempos locos

Hace algún tiempo, cuando aún no habíamos oído hablar de pandemias, conspiraciones y vacunas en su clínico apogeo, cuando esto recién comenzaba, cuando quizás éramos un poco más felices y no lo sabíamos, conversaba con un reconocido artista español sobre una cuestión que, como musicólogo me interesaba especialmente: ¿por qué, desde la invención del theremín, el ser humano no ha vuelto a inventar instrumentos musicales nuevos? Claro está, esta pregunta llevó a otra de más calado todavía: ¿está todo inventado en la música? Ambos queríamos pensar que aún quedaban muchas cosas por ver, canciones hermosas y estropicios sin margen de mejora. Con la calidez de un café en pleno invierno, nos pusimos a echar un vistazo a un conocido blog de música y humor y estuvimos viendo versiones, nos reencontramos con las canciones navideñas cuya influencia se acercaba vertiginosamente. Seguimos sin encontrarle respuesta a la pregunta, aunque bien es cierto que la tarde derivó en una amistosa tertulia que convendría haber grabado para la posteridad.

         Quiero pensar que siete notas combinadas de incontables maneras dan para mucho si las sazonamos con todo tipo de sonidos, que incluso el modo de tocar un instrumento le da un alma distinta a una canción repetida y versionada hasta la saciedad, que no es lo mismo el Danubio Azul en la boda de mi primo que en un disco dirigido por Karajan. Sana locura o búsqueda de perfección, vaya usted a saber.

         Luego de revisar versiones, de husmear en los chismes de los camerinos de los premios internacionales a los que mi amigo es, por fortuna asiduo, fuimos caminando hasta su casa del centro de Madrid, nuestra intención era tomarnos la última pero acabamos montando un improvisado estudio, yo con un bolero en la memoria y él con una guitarra en la que los compases se agolpaban caóticos pero hermosos. Y nos pusimos a cantar, y entre canción y canción nos dimos cuenta que a lo mejor los boleros sí que tenían ya toda su magia creada y que rebautizarlos era como cambiar de ropa a las muñecas, una especie de Mariquita Pérez Sonora con un armario inmenso de vestidos sonoros. Hablamos de México, de Cuba, de los conjuntos de tríos de Puerto Rico y hasta de las mujeres olvidadas que la cuneta de la música deja cuando las curvas de una guitarra son demasiado para dejarlas pasar inadvertidas. Me dijo mi amigo: Tocar la guitarra es bueno para la salud mental. Y es ahí cuando aparece la genialidad del loco o la locura de los genios, qué más da. Una bendita sin razón que combina a la perfección con la soledad del cantautor más allá de los escenarios marginales de los cafés concierto del centro o de los pasillos de una estación del Metro. Hay tanta música inventada como soledad descubierta, o sea, toda, vine a decir como si en esa frase quisiera dejar sentenciado el motivo de nuestra reunión, pero he aquí que para más inri me vi con una guitarra entre los brazos, briosa y caoba como la mulata de una canción de Pérez Prado. Y toqué esas cuerdas, arranqué un acorde del silencio con ínfulas de convertirse en canción. No lo logré. Toco fatal y de amores con morenas briosas mejor ni hablar.

         Mi amigo el cantautor apuró un vaso en cuyo fondo descansaba medio dedo de whisky, sonrió con deje de bohemio, como Sabina le sonríe a la picaresca fémina de sus canciones de desamor, le pegó una calada a su cigarro y me dijo: “Aquí no está todo inventado, esos son acordes locos para tiempos locos”.